In Invernum qualqum soreteae fiumo expelent

DEFINICIÓN


galanga (diccionario de la real Academia Española)

3. f. Bacín plano con borde entrante y mango hueco, para usar en la cama.

lunes, 15 de junio de 2015

Otra vez los vejigas del fóbal


por Máximo Gur Méndez

El más popular de los deportes tiene, como no puede ser de otra manera, todas las virtudes y todas las fallas de lo popular.
No creo que nunca se pare un país para ver un partido de tenis (con el respeto que la pelotita peluda me merece). Nunca la participación en un mundial de esgrima hará que las ventanas de las casas y de los autos se engalanen con la banderita uruguaya.
El fóbal es así.
¿Se acuerdan la multitud que miraba una enorme pantalla en la Plaza Independencia cuando el loco Abreu la "picó" y metió el último penal que nos clasificó a cuartos de final en Sudáfrica? ¿Se acuerdan de las caras, los gritos, la emoción? ¿Se acuerdan de los partidos mirados en los bares porque es más lindo verlos así, en grupo?
Esas virtudes están siempre opacadas por la estupidez que, cada vez con más frecuencia y número, estamos siendo obligados a presenciar con ese mismo fóbal.
Lo del clásico uruguayo de ayer fue un muestra más del deterioro de nuestra capacidad de convivencia. La violencia, que existe en el fóbal pero que existe en todas los demás actividades de nuestro ser humano, está haciendo que hasta los orangutanes nos miren con compasión.
Ya no alcanza con que las hinchadas vayan a tribunas diferentes; no alcanza con que se deban de perder las mejores ubicaciones de la Olímpica (las del medio, abajo mismo de la Torre de los Homenajes) en haras de dejar una "tierra de nadie" libre de energúmenos que se puedan pelear con el de al lado porque es de otro cuadro de fóbal. No alcanza con hacer largas filas para entrar porque la policía te tiene que cachear como que fueras a visitar un familiar preso. No alcanza con la presencia policial, con cámaras de seguridad que te filman de continuo, llegar por avenidas diferentes, salir en tiempos diferentes.
Ayer, los imbéciles de turno (esta vez le tocó a los mayas en el Estadio y a los bolsos en 18 de Julio) volvieron a mostrarnos que el ser humano será el responsable de su propia aniquilación (uy!, qué novedad!).
Por suerte muchos protagonistas principales han tenido las mismas inquietudes que la mayoría de los demás: ¿Cómo carajos se arregla ésto?
¿No será hora que, cuando se destroza el Estadio como ayer, a todos y cada uno de los que estaban en la Ámsterdam a la salida se los registre con cédula y todo y se los obligue a volver (bajo apercibimiento) en grupos de 50 o 100 a reparar lo que destrozaron? Estoy seguro que si "el tipo" no hizo nada, va a cuidar que otro no rompa lo que él también va a tener que reparar.
¿No será hora que a los que se les puede ver claramente destrozando lo que es de todos (y que sale mucha plata reparar) se les impida entrar a ver los partidos de su equipo por dos o tres años? ¿Qué tal si aplicando la Ley de Faltas al vejiga que arranca una butaca, cada sábado o domingo lo obligamos a presentarse en la Comisaría tal durante toda la tarde para que, sin radio ni nada, evite conocer cómo va el partido?
Ya los más no vamos al Estadio. Ya a nadie se le ocurre ir a ver un clásico con sus hijos o nietos chicos. Ya nadie habla de los tres pepinos que Nacional le metió a Peñarol, ni cómo el carbonero le empató un partido perdido, ni el penal que le atajaron al Chino Recoba. Ya ni siquiera se entregan las copas y medallas al terminar el partido porque los partidos ni siquiera terminan.
¿Ahora qué falta?

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