El Tano de la Mondiola, a quien la mitología civil del barrio daba por extinto bajo las ruedas de un trolebús fantasma en la curva de Maroñas o disuelto en los sótanos de una timba clandestina en el Bajo, reapareció un martes de llovizna con el desgano de quien vuelve de comprar un tabaco de armar en el boliche de la esquina. La crónica conjetural de sus años perdidos registra que sobrevivió a un naufragio de chalanas en las turbias aguas del arroyo Miguelete, donde fundó una caótica dinastía de contrabandistas de cabotaje. De allí pasó a regentear un garito de taba en las cuchillas de Rivera, donde los paisanos apostaban hectáreas de campo de piedra; incluso un memorioso de la fonola del bar El Hacha jura haberlo visto coronado como rey de los tablados en los cañaverales de Bella Unión. Al cruzar el umbral del café, el Tano divisó en la penumbra al guapo Linares, un hombre que parecía esculpido en el mármol de una milonga antigua, y le clavó una mirada que pretendía descifrar el destino. «Mire, Linares», le soltó con su tonada italiana mal pulida, «al final, el dichoso Aleph de la calle Garay no era más que el ojo de buey de un sótano en la Ciudad Vieja donde los muchachos guardaban el contrabando de ventiladores; todo el universo es un pésimo truco de naipes». Linares, sin mover el funyi y acariciando el cabo del cuchillo como quien acaricia una certeza, le contestó con su voz de truco y de boliche: «No se gaste, Tano, que la metafísica no paga los vicios. Además, acá todos sabemos que usted no andaba persiguiendo el infinito, sino que se las tomó de apuro porque en La Galanga no le pagaban un peso por sus libretos satíricos».
El Tano asintió con un silencio de escolaso, aceptando que sus andanzas por el cosmos eran la parodia perfecta para camuflar el hambre y los sueldos de malaria. Se acodó al mostrador, pidió una grappa con Jerezano para entibiar el escepticismo y, para clausurar el misterio de su retorno, empezó a entonar con voz aguardentosa las estrofas del Obladi Oblada. Le explicó a Linares, entre trago y trago de esa mezcla brava, que esa melodía no era una simple milonga de ultramar, sino que escondía la letra más profunda de Pablo el zurdo, aquel filósofo de Liverpool que entendía las trampas del tiempo mejor que cualquier compadrito de extramuros. El canto, sin embargo, fue bruscamente interrumpido por una sombra que eclipsó la luz mortecina del local: era el guapo Bermúdez, otra leyenda de los boliches, que empujado por la mishiadura general de la época andaba haciendo una changa de cobrador para el dueño de la pensión. Bermúdez, con una libreta de almacén arrugada en la mano izquierda y la derecha apoyada con estudiada displicencia sobre la faja, interrumpió el misticismo británico con la implacable precisión de la realidad oriental: «Muy lindo el zurdo de Liverpool, Tano, y muy honda la metafísica, pero vení bajando de la nube que debés catorce meses de alquiler desde el invierno del setenta y tres». El Tano miró de reojo a Linares, apuró el último trago de grappa y sentenció que en esos versos sobre Desmond y Molly se revelaba también la futilidad del dinero, recordándole al boliche entero que, a pesar de las deudas, los desalojos y los guapos caídos en desgracia burocrática, la vida sigue*.
Y fue allí cuando les tocó su mandolina.
*Si se preguntan si usé IA, pues sí.

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