por Mínimo Gurméndez
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Hay estafadores que te cagan todos los días y son muy malos.
Pero hay los que te cagan toda la vida y son peores.
Esos son los intocables.
Yamandú Cuevas
Esos nunca pierden! Pobres los chicos , a llorar el cuartito!



Siempre había querido ser jardinero. O cantar en el coro de su escuela para lucirse en la fiesta de fin de cursos, con esos trajes granate y atriles de carpetas gigantes. O aprender a jugar al tenis. O ser ingeniero matemático para descifrar los logaritmos que lo hacían perder las pruebas, una tras otra. ¿Por qué no tener una tienda de mascotas y cortarle el pelo a los perros de su cuadra como lo usaban sus dueños? Le divertía encontrarles el parecido. O quizás ser farero como su tío abuelo Theo McVicar, aquel que tantas veces contara la historia de las pruebas con las primeras vacunas contra la peste del año 20. Nunca le había terminado de creer eso de ser el único sobreviviente de ese relato que entre los parientes se vivía como algo legendario. Y que de generación en generación iba cobrando ribetes crecientes de contenido épico.
Miles de víctimas, millones de infectados con secuelas, dos generaciones que todavía no superaban los traumas del desarraigo, la penuria económica y los cierres de fronteras que atraparon las ciudades. A países enteros con su gente confinada como ratones de ensayo. Un experimento masivo que hasta el presente se revisa en las cortes internacionales, con jurados que no terminan de conformarse. Aún hoy perduran las denuncias de connivencia de intereses que cruzan a gobernantes, laboratorios, farmacéuticas multinacionales, organizaciones sanitarias, investigadores y médicos, epidemiólogos, analistas de riesgo, medios de prensa, compañías de seguros, fondos de investigación y poderes judiciales locales.
Recuerda haber escuchado decir a su madre que en las iglesias se hacían largas veladas de oración, esperando una cura milagrosa que llegaría del cielo.
Y que por eso con su hermano gemelo se habían acostumbrado a escudriñar el firmamento desde su cama en las noches aquel verano, tratando de descubrir en qué estrella vendría el remedio que terminaría por salvar al planeta. Por fin podrían regresar a clase, se permitirían los paseos en los botes del río bajo el viejo puente ferroviario y los domingos volverían al cine con tres películas y pastillones de chocolate y maní.
Seguramente esa curiosidad de la infancia hizo que siempre fuera buen alumno en Astronomía. Y que aprendiera a enamorarse de la luna, como si se tratara de una novia por conquistar, callada y pálida. Le inventaba nombres según su forma cada semana. Le escribía versos de romances españoles que plagiaba y cambiaba para que siempre rimaran al final con palabras como ninguna, fortuna, comuna, ovejuna, tribuna o perruna.
El tiempo terminaría sellando un destino que acabaría con sus tribulaciones vocacionales, cuando finalmente se enroló y de un tirón se graduó como capitán de la fuerza aérea. Al cabo de cinco años y con honores se convirtió en una joven promesa del aire. Hacer cursos de entrenamiento y pilotear reactores de alta potencia y complejidad, le abrieron la puerta a una derivada involuntaria en su pasión por el cielo.
Continuar estudiando y cultivar la observación telescópica de la galaxia, ya no en carácter de aficionado, sino con propósitos de aprendizaje y conocimiento, le aseguraría llegar a ser un elegido que saltaría al espacio para romper barreras y transitar el techo de la tierra con la libertad de millones de luces astrales.
Formar parte de ese cuerpo de elite significaba que a su tiempo, tarde o temprano, y según los proyectos quinquenales, los presupuestos gubernamentales, las necesidades geopolíticas de turno, le tocaría estar en la terna de favorecidos con el bautismo de la cuenta regresiva y la expulsión fuera de la gravedad. Para pasar a flotar en la gloria de la omnipresencia humana.
Ocho años le demandó esa exigente preparación de asceta para que finalmente, un día, le llegara la nominación.
Fueron meses de entrenamiento. Controles médicos, dietas medidas, instrucción de supervivencia, clases remotas, horas de sueño obligatorio cronometrado, simuladores en cámaras sin gravedad, manuales quilométricos de ingeniería espacial, visitas de hangares y talleres de construcción, pruebas de equipos, ensayos de evacuación en escenarios de incendio y cápsulas hiperbáricas. Lejos de amedrentarlo, sólo fortalecieron su decisión de estar en la plataforma cuanto antes y salir disparado con proa a lo mas alto del sistema solar.
La SARS Cov2 constituía para él la mas importante de las misiones que hubiera emprendido. Y no sólo por ser la primera. Traer de vuelta al grupo de expertos con la puesta a punto en el espacio de la esperada vacuna, lo pondría en un sitial de privilegio entre sus pares. Saber que le tocaba regresar con ese cargamento de oro supo desvelarlo cada noche en su cama de la burbuja sanitaria de la base de despegue.
Finalmente habría con qué frenar un flagelo de tales proporciones y semejantes consecuencias.
Un día sí y otro también la lluvia y las tormentas fraguaron la salida, hasta que una semana después todo estuvo en condiciones de empezar.
Durante treintaisiete jornadas iba a vivir los sueños de su infancia. Podría flotar en las sábanas tachonadas de estrellas que a los siete años dibujaba en la escuela.
Esa mañana se despertó a las cuatro de la madrugada. El dolor de cabeza seguramente tenía que ver con la tensión del esperado momento. Luego del desayuno, los controles de rutina. Una vez vestido atravesó pesadamente el cordón de honor entre aplausos y abrazos del personal de tierra. En las escaleras colgadas cruzaron miradas de buena suerte entre los tres, y ya en el módulo cada uno se puso a ultimar los controles. Serían varias horas de ajustes e instrucciones antes de dar inicio al tronar rugiente de los motores de propulsión. Cuando el humo químico comenzó a envolverlo todo, bañando la base y oscureciendo las escotillas, sintió el calor en la cara. Consultó de reojo el termómetro de la visera del casco: 38.2 º C. Volvió a tragarse dos pastillas juntas, disimulando el gesto mientras daba indicaciones de cierre a su navegante.
Se abandonó a la cuenta regresiva, mientras repasaba mentalmente los sucesos de las últimas horas. Los médicos de la base lo entrevistaban dos veces al día. Nunca admitió que todas las comidas le sabían a lo mismo. Siete, seis, cinco…… Su perfume de frasco azul ya no olía como siempre. Lo guardó con la ropa y documentos en el vestuario de la sala de pilotos. Abrió y abrochó nerviosamente el cinturón doble. Cuatro, tres….. Entrar a la página de sanidad era algo que todos podían. Había que revisar los resultados y actualizar los informes para el visto bueno del equipo supervisor. Un resultado adverso podría significar el fin de su aventura. Un sueño estelar que nada ni nadie iría a robarle de ninguna forma. El hisopado del miércoles se había tardado mas de lo corriente. Y a él lo esperaba la luna, su luna, la que espiaba de lejos con vergüenza adolescente. Cuatro , tres… después de todo, eran la misma sangre. El mismo padre y la propia madre. Nueve meses compartiendo un viaje inaugural, y luego casi treinta años de coincidencias. Hasta las iniciales se habían complotado para que ese viaje fuera suyo. GW bien podrían corresponder a Gary Wilson como a German Wilson. No era momento de demorar mas la bajada de la recombinante que pondría a su grupo a la vanguardia de la carrera por llegar primero. Seguramente German le habría permitido usar sus claves para copiar y pegar el PCR en su bitácora del día. ”Negativo”, ingresó al casillero de la página, para conformidad del sistema y poder saltar al traje y a la ingravidez. Dos, uno…….. ”¡Vayan por ella, muchachos!”, gritó emocionado el jefe de tierra, parado en su escritorio de cristales gigantes, haciendo la señal de la victoria con dos dedos hacia la cámara número uno. Sólo un lenguaje de señas le hubiera permitido entender el resto del discurso patriótico que siempre hacen los directores de misión en esos momentos, porque el estruendo de propulsión sepultó todo otro sonido. Dos, uno…………….. ¡¡¡¡¡fuego..!!!!! y la cabeza le daba vueltas a miles de kilómetros por segundo. Fueron largos minutos de ceguera y estrépito.
Luego el silencio, negro, como montados en una bala muda, horadando la oscuridad inmensa. Miró a ambos lados. Las caras de sus cotripulantes lo decían todo. Era una felicidad compartida. Al fin estaban en camino. Revisar el rumbo y entablar contacto con la estación satelital era la tarea de las horas por delante.
Imposible disimular ese impulso incontenible. La tos lo doblaba en el asiento mullido y el creciente sudor inundaba su traje hermético.
No sabía en qué condiciones llegaría a hacer contacto en dos semanas.
La historia iría a hablar del inexplicable foco en la estación espacial SARS Cov2 como otro misterio no descifrado.
Científicos del mundo recuerdan aquel luctuoso episodio cada año, en ocasión de honrar a los muchos héroes que dieran sus vidas para el control de la pandemia.
Miy bueno, me gusto mucho.
Anónimo
Muy bueno Jorgito.
Me impresiona cuanto te brotan las palabras...Terrible don el tuyo.
Felicitaciones
Anónimo
La que te halaga el don soy yo..Marta Bentancor desde Uruguay...Hoy por la Laguna Merim
Se va Marindia..
Ahora que han pasado pues ya dos años de las glorias pandémicas y que por fin se empiezan a ver las cosas un poco más claras, creo que caben algunas reflexiones.
Como por ejemplo que las tasas de popularidad del gobierno y su presidente hayan sido tan altas por tanto tiempo resulta difícil de entender para alguien con una mínima inteligencia.
Algunos siguen sosteniendo que es por una muy buena agencia de publicidad. Si bien eso es de recibo, del otro lado de la agencia de publicidad tiene que haber una masa de gente muy crédula, por ser muy generoso con los calificativos.
Todavía se sigue diciendo por la derecha, y no se les retruca desde la siniestra o peor, en algunos casos se está de acuerdo tácita o aún explícitamente, que el presidente hizo un muy buen manejo de la pandemia. Se ha transformado en una verdad indiscutible. Goebbels sino estuviera tan chamuscado, se retorcería en su tumba de envidia.
Dichas afirmaciones son hilarantes. Lo que hubo fue un aprovechamiento de la situación (con muy buena visión hay que decirlo) que claramente sirvió para afianzarse como líder ante una masa de gente inculta e impresionable por un enemigo externo. El célebre Leo Strauss fue uno de sus máximos exponentes en el siglo XX, el truco fue usado con mucho éxito con la población gringa. Leo decía que si no había un enemigo claro, había que inventarlo...
Veamos algunas perlas:
Se acuerdan que no hubo subvenciones para la gente pobre durante la pandemia como la hubo hasta en Estados Unidos? La gente tuvo que apoyar con ollas populares.
Se recurrió a la libertad responsable...todavía quiero que alguien me explique qué significa.
Y que si parecía en los primeros 6 meses qué el Uruguay era lo mejor del mundo como estúpidamente dijo la BBC es porque el Uruguay es:
. Alba siempre ahí al firme! un abrazo y Ale de la tierra de los volcanes en dónde estás exactamente tocayo o tocaya?Buena flaco Me alegro de que alguien esté de acuerdo conmigo. A mí me la hicieron ver en figuritas hasta algunos amigos inteligentes que tengo qué fueron engañados en su buena fe o que se pasaron de ingenuos. Me parece que está perfecto desde la derecha cerrar filas y decir que son unos cracks cuando no hicieron nada, más bien hicieron daño. Pero los que se llaman de izquierda seguirles el juego es lamentable.Como vos decís es posible que lo que estamos afuera la viéramos más clara.Yo tuve la suerte de conocer a esos personajes cuando todos éramos jóvenes y a uno con su barba y su pelo largo me faltaba la metralleta... Ahora está muy pelado...Como vos decís es posible que los que estábamos afuera la viéramos más clara. Por acá por Estados Unidos la cosa estuvo negra se hicieron la reclusiónes y los toques de queda y se distribuyó plata entre la gente. Por debajo de un sueldo medio se les dio entregas de $1500 dos o tres veces a cada familia.Durante esos meses en el Uruguay no había habido inoculo no había pandemia había algunos casos aislados y esto se llenaban la boca con esta caterva de "científico s" cómo aval y justificación. No hicieron cierre efectivo de fronteras terrestres y nos complica van la vida si queríamos ver a nuestros seres queridos en sus últimos momentos. Vendieron la salud en Uruguay por cuatro ticholos.Y la masa lo llego a aprobar hasta un 80%.En fin, Goebbels un poroto.Para mí lo más lamentable es que la izquierda no se los haya reclamado con firmeza y más que nada andado por cierto explícita o tácitamente que el manejo de la pandemia fue ejemplar.Tano