In Invernum qualqum soreteae fiumo expelent

DEFINICIÓN


galanga (diccionario de la real Academia Española)

3. f. Bacín plano con borde entrante y mango hueco, para usar en la cama.
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martes, 27 de octubre de 2026

El pescadito azul

Mucha buena gente se junta, se amiga y comienza a hacer cosas conjuntas en cualquier parte del mundo. Acá, en Playa Verde, pasa lo mismo. Solo que, como somos poquitos, nos conocemos más. Y se juntan arqueólogas que reencuentran el mar con escultores que recuerdan los desaparecidos, y hay fotógrafos que escriben Haikus. Y también hay artistas que nos hacen revivir en sus cuentos.



por Yamandú Cuevas

Para darle un toque tonto y falsamente dramático a mi infancia suelo contar los pocos juguetes que tuve, pero es mentira. Tuve un montón de juguetes o, dicho con justicia, todos los que se usaba o se podía tener en aquellos iniciales años sesenta del siglo veinte: el clásico camión volcadora con tuercas y llave para desarmarlo hasta que se perdieran las tuercas, una decena de autitos matchbox descascarados, unas cuantas pelotas de plástico que se abollaban enseguida pero que se auto-inflaban dejándolas al sol, una de goma color rojo ladrillo que te dejaba las piernas con moretones, una metralleta de plástico con una palanquita que hacía rat-tat-tá-tá y que se rompía enseguida, un futbolito, un triciclo Daless, un monopatín y una bici heredada de mis primas, soldaditos y bichos de plástico, el álbum de titanes en el ring, el de México 70, una pistola espacial de lata litografiada que cuando apretaba el gatillo hacía ruido y encendía luces y un montón de otros juguetes que cayeron en el pozo de las cosas que no se pueden recordar.

Ese pozo es un misterio. Uno nunca sabe cuántas cosas puede haber allí. Cada tanto hay episodios estrafalarios en los que un martillo invisible o una pedrada anónima nos golpea fuertemente en la cabeza y nos genera una conmoción que por algunos milisegundos nos atonta y nos transporta a uno de sus recovecos más extraños del que extraemos, rescatamos, salvamos, uno de esos recuerdos que a veces, como en el caso del pescadito azul, es un juguete que, si no fuera por ese impacto, nunca hubiéramos vuelto a recordar. Ojo, en el pozo no sólo hay juguetes, también hay olores a torta de mandarina, sabores a buñuelitos de vinagre, imágenes de primeras novias, caras de mejores amigos de la escuela, colores de chalecos de lana preferidos y un sinfín de cosas imposibles de detallar. Principalmente porque hoy de lo que quiero hablarles, es del pescadito azul.

Porque no era uno cualquiera sino uno que volaba, era de goma y tenía un chifle ridículo que sonaba cuando se lo apretaba con cierta violencia. Volaba de las manos de Mirtha Julia a las mías y de las mías a las de Mirtha Julia una y otra vez, hace unos veintidosmil días atrás, en la playa de las islas con aerocarril y del cine auditorio con bancos de cemento que te marcaban las piedritas en la espalda, cuando Mirtha Julia era joven y llevaba una bikini naranja con lunares blancos y yo temblaba como una vara en la orilla.

Aquella playa de todo el día con refuerzos de mortadela y cocoa en la canasta era famosa por sus olas altas y bravas que podían engullir a niños desprevenidos y en un santiamén hacer desaparecer barquitos, pelotas, baldecitos y lloradísimos pescaditos azules con chifle ridículo incluido.

 

Ayer, en el encuentro en el club Playa Verde, las antropólogas de la comarca se pusieron a hablar de la memoria del mar y yo sentí uno de esos golpes de martillo invisible que te tiran de cabeza al pozo y la inconfundible conmoción. Al salir me di cuenta que el pescadito azul nunca se perdió, que está en mi memoria desde el principio de los tiempos trayéndome el olor de los mejillones de la orilla, el de las algas verdes, el de la bolsa del kilo de bizcochos, las diferentes texturas de la bikini naranja con lunares blancos de Mirtha Julia, el brillo de su pelo negro mojado por el mar, la redondez de las gotitas de agua sobre su hombro confundiéndose con mis lágrimas de desconsuelo por aquella primera pérdida con forma de pescadito azul.

Escrito por Yamandú Cuevas en el taller “Memorias del mar”, Club Playa Verde, jueves 22 de octubre de 2026. Organizado por Antropólogas de la Comarca y la Comisión del Club Playa Verde.


Comentarios


Pah! Yama!! Impeca el cuento!!! Me hiciste participar de lo que contabas con mis propias memorias! Imponente!
DB

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Imponente! Uno de esos cuentos que te transportan al ya lejano mundo de tus propias vivencias de la infancia!
Anónimo

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Precioso cuento con tantas cosas
Silvia Barzi

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Excelente cuento, don Yama verdecito. Felicitaciones-
Flaco

martes, 20 de octubre de 2026

La gripe que trajo el verano


por el Flaco

Ir a Punta del Diablo todos los años un par de semanas de vacaciones en verano es vital para mí. No sólo por hacer un poco de playa, tener tiempo para dormir y leer a gusto, sino porque significa volver. Regresar, aunque más no sea por poco tiempo. El suficiente para saber que uno nunca ha terminado de emigrar y porque tiene ese reflejo de pertenencia que al cabo del segundo día te da a entender que nunca te has ido, que siempre has estado. Es tan querible sentir la humedad cuando te golpea en el pecho al cruzar las puertas del aeropuerto, como recorrer avenida Italia hacia el centro en busca de los afectos. O revivir las sudestadas que agitan la costa dándote la bienvenida a un paisaje que uno se ha llevado en la maleta entre ropa, yerba y papeles.

El plan cada año suele ser más o menos el mismo: una breve estadía en Montevideo para estar con familiares, y ver a colegas y amigos que comilona de por medio te comprometen desde mucho antes de llegar, so pena de tener que escuchar algún reproche un tanto velado. O indisimuladas acusaciones de ingratitud por una hospitalidad defraudada. La agenda nunca alcanza, e inexorablemente te volverás con la promesa de que “en febrero que viene sí, sale “. O “- ¿qué van a hacer en carnaval? Capaz ahí podríamos pasar a verlos y hacemos algo…. “La mitad de quienes saben que estuviste, pero no viste, se pueden declarar legítimamente despechados. Total, que más que vacaciones, amenazan con convertirse en una maratón de reuniones, trasnoches y sobremesas entre cuentos, recuerdos y abrazos bien apretados.

Después sí, la desconexión, luego de tres horas por la ruta y declarando la bajada a la playa como prioridad, y el parrillero como lugar de culto. Nada más; lo necesario. Ese universo compartido y al mismo tiempo reservado es la recarga de energía para el resto del año. La grandiosidad del paisaje, el cielo pinchado de estrellas por las noches, el rumor del océano a la distancia, el aire perfumado que sopla en bocanadas y ahuyenta el calor, todo eso hace que cada año la cita sea impostergable.

La pandemia nos privó de un par de veranos de esos, pero en cuanto la cadena sanitaria comenzó a aflojarse, ese año reinauguramos la sagrada costumbre. No solamente había que estar vacunado para poder comprar pasajes; todavía se practicaba el hisopado para salir o regresar, aunque a esa altura en forma aleatoria. Así y todo, necesitaba estar, sentir el olor a la paja del techo del quincho mojado por la lluvia, cruzar la arena para llegar al agua, y seguir con el libro que cada año elijo especialmente para sellar el disfrute.

Luego de algunos días de tormenta matizados con mucho sol, ese que todo el mundo aplaude cuando se oculta en el fondo, una tarde comencé a sentir que el cuerpo me pesaba como si fuera doble. No tenía apetito, apenas probé un poco de agua y sin cenar me fui a la cama deseando dormirme como por una semana. En la madrugada me desperté transpirando, el dolor de cabeza era muy grande y la cama y yo temblábamos al mismo tiempo.

- ¡Qué joda! Debo tener fiebre, me dije medio dormido. Seguro tomé mucho sol esta mañana- Fui al baño y a la vuelta me mandé una aspirina buscando conciliar nuevamente el sueño. Todavía estaba oscuro y a lo lejos las noctilucas formaban una guirnalda que bailaba sobre la espuma del mar que, aunque no veía, podía escuchar yendo y viniendo- Mañana, con fiebre y todo igual bajo a la playa. Nos quedan un par de días y después en Santiago no voy a tener nada de todo esto más que en las fotos.

Me desperté como a las nueve, y a decir verdad, medio atontado, pero sin calor en el cuerpo, lo que seguro me permitiría cumplir la promesa de la noche previa. Sentí a mi mujer en la cocina en el piso de arriba, quien como acostumbra se dedicaba a armar el desayuno, así que me di una ducha y subí. Tenía apetito, no mucho, es cierto, pero desde el día anterior que no comía, por lo que el ayuno prolongado bien valía unas tostadas con manteca, un café con leche y un jugo de naranja de verdad, fatto in casa.

- Buen día ¿estás mejor? Anoche parecías un mamado: hablabas soñando, te quejabas del calor y no parabas de temblar; me tuve que venir al sofá de tanto que saltabas- me largó a modo de saludo- Ahora comete algo, pero mejor no bajemos, mirá si te insolás y arruinamos lo que nos queda de estadía. Colé café, pero compré otro, no es el de siempre. Vos que insistís con el granulado brasilero, yo te confieso que no le siento gusto a nada.

-Dale gracias; sí estoy bastante bien. Me sentía como apaleado, tenía unos chuchos de frío que no podía gobernar. No me di cuenta de que me habías tapado, porque no sé en qué momento me quedé dormido. Dejá que yo me sirvo; lo prefiero con más leche y apenas un chorrito para darle color ¿No hiciste tostadas con el pan de hamburguesas que quedaron del mediodía? Eso lo aprendí de mi abuelo, don Juan: no hay pan duro, hay dientes flojos.

- Sí, las tengo en el tostador. Esperá que voy y mientras pisate esta palta. No hay caso, el sabor de las chilenas es inmejorable. Las paltas uruguayas tienen gusto a agua, aunque el pobre Gustavo yo sé que la fue a arrancar con especial cariño para agasajarnos. Si me escuchara creería que soy una desagradecida, o que la nueva vida me cambió los hábitos: dónde se ha visto desayunar con huevos revueltos y aguacate, como decía mamá.

- Sin embargo, este cafecito sabe bien, y el huevito está muy rico ¿Qué tenés pensado para comer al mediodía?

- De almuerzo todavía no sé, pero aprontate que te tengo una noticia. Anoche cuando te fuiste a la cama me llamó Mariana. Me preguntó hasta cuándo estábamos y que de parte de Guillermo te manda a decir que lo vas a tener que ir a regar porque ya van dos veranos que lo dejás plantado….

-Uh! Es verdad, tienen razón, pobres. Pasa que siempre han surgido otras cosas, o se larga a llover, o subimos tarde y después, yo los conozco, nos volvemos a las cuatro de la mañana. Me acuerdo que la última vez le avisé sobre la hora y quedó tan caliente que me dijo que iba a poner un puesto de choripanes en la esquina, de la cantidad que le iban a quedar de clavo. Qué sé yo, yo los quiero mucho, pero vos viste cómo son. Comen a cualquier hora, abren ocho botellas de vino para cuatro personas, con Guillermito no hay interacción, está todo el tiempo colgado al PlayStation y la nena, bueno, cada vez que la hemos visto tiene un drama nuevo. Pobre Mariana, la sentís allá en la cocina picando lechugas y discutiendo a los gritos con la hija. Te confieso que si podemos, prefiero zafar de nuevo, total después le hago una video llamada y no me queda sentimiento de culpa ni nada de eso.

- Me dijo que alquilaron en La Pedrera, y que esta vez no va quedar pagando porque si no tenemos planes, esta noche se vienen y el anfitrión vas a ser vos. Están cerca y en menos de una hora podrían llegar, y después de todo son de los amigos que nunca te han fallado, no seas ingrato. Leña tenemos, yo hago unas ensaladas, le digo a Mariana que traiga un helado y listo. Whisky suficiente no sé si nos queda ¿Sabés que anoche durante tu delirio me serví uno en la terraza y lo sentí más suave? ¿Es el mismo ocho años que compraste en el aeropuerto, es otro o es el legítimo y le habré puesto mucho hielo?

Yo también había pensado lo del whisky; no olía a cedro ni a maíz o vainilla.

-Capaz nos vendieron uno trucho, porque creía estar tomando agua con sabor, no un escocés, insistió ella. Y esta noche vienen aquellos, pero bueno, en todo caso servimos vino y con eso alcanza. A Guillermo, vos me has contado, siendo en una copa y bien fría, hasta el agua bendita le parece un manjar.

 

Volvimos de la playa un rato más tarde. Estaba nublado, por suerte, pero así y todo me divertí un buen rato corriendo olas. No me importó mucho no estar en el mejor estado, ni del más plácido humor. Son de los privilegios que por ahora no tienen impuesto: la sombrilla, las sillas, el mate entre los dos, bizcochos con dulce de membrillo, y otro chapuzón antes de subir cruzando las dunas. Todos los días me digo que de buena gana las traería en el avión y las cambiaría por la cordillera. Es hermosa, ojo, a mí me gusta, pero si venís volando el capitán no te diría “permanezcan sentados con el cinturón abrochado que nos aprestamos a cruzar los arenales de La Viuda y puede haber turbulencias...”. Una vez más fantaseaba con eso mientras saboreaba mis labios limpiándome el bigote con la lengua. El agua estaba tan salada como de costumbre, le dije a María. Ella no había notado lo mismo, todo lo contrario. Pero como no es adicta al mar, pocas veces la prueba como yo, que cada verano embromo con que me van a salir escamas. Acerca del mate la escuché comentar algo similar que no terminé de entender, porque una ráfaga de viento con arena me obligó a protegerme la cabeza con la camiseta.

 

- Qué hacés Flaquito? ¿Todo bien? Me dijo Mariana que te la jugaste y por fin esta vez sí nos vemos. Te recomiendo un pulpón de novillo que está de novela y lo venden en la carnicería de ahí, la del centro. Te tengo que hacer unos cuentos del hospital que te morís ¿Te acordás de Díaz, el profesor adjunto? Se jubiló el año pasado, pero está jodido el pobre; tiene un neo de pulmón. Y a todo esto ¿vos ibas la mundial de Climaterio en Río ¿no? ¿Qué tal estuvo? Bueno, más tarde me contás. Llegamos temprano, después de la playa. Preguntale a la flaca qué llevamos y me mandás un mensaje. Nos vemos mostro; te quiero mucho ¡Dale!

Maldita la hora en que encendí el teléfono. Es parte de mi decálogo del descanso: sin celular, sin computador, sin tele, sin diarios, y vaya uno a saber por qué esta vez claudiqué. Pero Agustín estaba dando exámenes y Maru había quedado a cargo de Sara, y no consideraba justo que toda la carga del monitoreo satelital quedara bajo la responsabilidad de mi mujer. Eran vacaciones para mí, pero también de ella. Intuía que mi amigo habría de llamarme, y otra vez la culpa me iba a condenar hasta el otro febrero si esta vez por lo menos no le devolvía una llamada. Su mensaje de audio lo pintaba tal como siempre: se estaba invitando solo, y yo había tenido una noche de perros. Si al menos pudiera hacer una siesta como para estar más entero a la noche, bien podría ser un anfitrión amable.

-Yo creo que algo me pasa, me dijo María. Probate estas aceitunas ¿estarán viejas que tienen poco gusto? Las compré cuando llegamos y siempre las guardé en la heladera; no creo que estén en mal estado. Y el queso Dambo veo que tampoco viene como antes. No sé si es por eso que me ha empezado a doler la cabeza ¿Te servís un trago mientras yo armo la picada? Sospecho que te saldrás con la tuya porque anuncian lluvia para la tarde y por fin haré las benditas tortas fritas que me venís pidiendo desde que salimos de casa.

 

Bajé al quincho con platos y vasos en las manos, buscando con la vista qué reserva de leña nos quedaba para el resto de la estadía. El techo de paja chorreaba agua por los costados, pero no “olía a algas dulces”, como decía Lucía cuando muy chica para referirse al quinchado de las antiguas cabañas. Me soné la nariz varias veces buscando el aire y su paleta de aromas, y un mensaje plano me rebotó en el cerebro. Metí la nariz en el vaso, y no supe distinguir nada característico. Claro, si hasta el perfume de coco del factor cincuenta me olía a nada.

No está mal que en tiempos de descanso uno pretenda disociarse, pero así y todo el muñeco clínico se mantiene alerta; el oficio finalmente se impone. Ahora ¿por qué me pondría a hacerme una detallada semiología si yo estaba de vacaciones? Me dije que cuando fuera a hacer las compras terminaría de despejar esa sospecha. María había empezado a estornudar y se excusó yendo un rato al sillón, dejándome a cargo de recoger la mesa.

Horas más tarde reuní el valor necesario y llamé :

- Hola Guille, soy el Flaco ¿Qué decís? Mirá, vos me vas a decir que es joda, pero, todo lo contrario, es la más auténtica verdad.

- No me cuentes nada: ¡el carnicero era vegano y te dijo que sólo tenía asado de soja y chorizos de seitán…!

- No, escuchá que es posta. Anoche estuve con fiebre, todavía no ando del todo bien y creo que mi mujer viene por el mismo camino. Cuando fui a comprar la carne que me sugeriste, pasé por la farmacia y me saqué la duda. Pedí dos pruebas y me las traje a la cabaña: efectivamente resultamos, María y yo, ambos positivos. Me temo que una vez más, ese asado quedará para el otro verano.



Comentarios


Parece una narración de algún librito como.... crónicas de un pequeño verano real.
Cuánta sinceridad y hechos reales que suceden en nuestros veranos en el este y porque no en todo el país
Vale la pena leerlo todo..
El oso de punta colorada


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Muy lindo cuento de verano y qué sentimiento de deja vu con el episodio covid...

Silvia


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Me llevaste al aroma del granulado brasilero, a ese pan de ayer … al mar de Rocha. Del corazón al lápiz Flaquito. Esa María siempre al firme. 👏👏👏- 

Marta


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Por favor dígame que habrá verano. Todo el relato parece del verano pasado.
Ni color se pudo tomar. Puras gripes y demás cosas sin diagnóstico.
El sol solo para la foto del atardecer.
Nos merecemos un verano..
Silvia Barzi


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Me encantó,Flaquito! Lo viví

Giulia, la Tana Yorugua


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Jajaja. Muy bueno. Pero creo firmemente que te apestaste de gusto... La mier....que resultaste hábil en la manipulación sanitaria para la regulación de la vida social y los vínculos amistosos che . 

Marta B.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Hasta que canten


por el Flaco

- Está bien, mañana después de las cinco lo espero. Gracias.

Guardé el teléfono y me prometí a mí misma que ahora sí tenía que cumplir con todo lo anotado en la agenda para la jornada. Faltaba poco para el día de la marcha, y de todos lados nos estaban llamando para saber si era cierto lo de la noticia de Líber. La directiva de Familiares tenía normas bien definidas: mientras los antropólogos no lo confirmaran, todo seguiría siendo un trascendido. Una posibilidad, nada más. Pero quién sabe; tantas veces nos habíamos entusiasmado y al final todo quedaba en nada. Se seguía buscando y muchas veces terminábamos empantanados en pistas falsas, o en maniobras distractoras, por lo que era preferible no hacerse demasiadas ilusiones.

Claro, ahora tenemos los archivos. Miles de hojas para decodificar, detalles y fechas poco legibles, papeles amarillos que se quebraban en las cajas. Ahí había mucho de pista falsa, también. Los testimonios no siempre seguían una línea de coherencia; otras veces se repetían, pero con datos distintos, lo que sin duda mostraba que se registraba pensando en el después. Parecía que sabían que la cosa no era para siempre. El flaco Líber dos por tres nos lo decía a los más jóvenes, yo creo que para que no nos quebráramos:

- “Muchachos, acuérdense del viejo Martín Fierro:  …no hay tiempo que no se acabe…”

- Que ellos aún sin estar, no son gente anónima, dijo el Vasco en la conferencia.  Tienen y guardan identidad. Todos llevamos sus fotos, porque la lucha no es en vano. Alcanza con que los familiares lleguen a recomponer una historia, rescatando unos pocos restos secos y calcinados. Pero este año el acto podía tener algo que todos seguíamos esperando. De confirmarse la identidad del hallazgo, habría un nuevo cartel en la marcha con el texto bajo la imagen: “reencontrado”, o de vuelta a la vida, pero ya no de desaparecido.

Esa tarde llegué un poco más temprano a casa. Son fechas en las que las sensaciones se dislocan, y prefiero bancármelas a solas. Mañana tengo clase temprano, y a la vuelta del yoga voy a almorzar con mamá. Que no me olvide que a la tarde viene el plomero porque empieza el feriado largo y hasta la semana que viene no lo agarro. Y eso de no poder bañarme en casa desde hace cinco días me pone los pelos de punta.

 Dura tarea quedaba por delante, todavía. Y Alicia y su gente que no aflojaban; menos mal. Son admirables, realmente. Cuando me avisó yo sentí que había mucho de certeza en sus palabras.

- Vos sabés cómo sigue la dinámica de este trámite ahora. Nosotros remitimos todo, y en Buenos Aires certifican. La tasa de probabilidad es alta, pero ellos tienen la última palabra. En un mes más o menos, sabremos.

Mujer corajuda esta loca, más de una vez lo he pensado. Nunca ha bajado los brazos, y si tiene que ir a patear escritorios, no tiene reparos. Siempre metida en el barro, días enteros removiendo tierra con una pala, tallando el suelo con una espátula y limpiando huesos con pinceletas. Los milicos en la entrada allá adelante, sentados cómodos en sus garitas, y ellos empapados bajo la lluvia o al calor de enero. Sin tregua.

Claro que voy a estar en la calle este veinte de mayo, como todos los años. Cada vez que el parlante grita un nombre y todos a la vez, esos miles de gargantas responden “¡presente!”, me contengo para no decir “yo también pude haber sido uno de esos carteles, y sin embargo voy caminando.” Siempre estuve; aún en la clandestinidad. Hice de correo, de enlace, cuidé berretines, vendí el semanario, me tocó estar en el asalto al casino, y hasta estuve en el intento de fuga de la cárcel de mujeres. Fue cuando la cosa se puso más dura. Todos los que se sabía que éramos dirigentes fuimos aislados, casi a pan y agua, sin libros ni salidas de recreo. Después de haber estado en la máquina durante un tiempo que nunca pude calcular y trasladada de una unidad a otra, aún en la celda sabía que, aunque no viera a los demás, los tenía cerca.

Tantos años después, las pesadillas no me abandonan. Y hay una parte de mi cuerpo que se resiste a olvidar, y la otra resistió mientras pudo. Pero las secuelas me han acompañado desde entonces. El brazo y la pierna izquierdos no van al compás del resto de mi cuerpo, y eso no es un trofeo de guerra del cual esté siquiera orgullosa. Los guardias me habían puesto “la renga”, y si bien al principio lo sentía como parte del martirio, luego comencé a familiarizarme con el apodo, ese que hasta hoy me distingue entre los compañeros. Allí sólo se escuchaban voces, órdenes, gritos, exclamaciones, insultos, ruegos, puteadas, promesas de todo tipo. Y esas bocinas al mango, esas cumbias de mierda que los hijos de puta pasaban por los parlantes como si se tratara de un cumpleaños. Pero la música que más me aterraba irrumpía cuando se dejaba de escuchar sonido humano alguno. Luego todo era portazos, ruidos de motores, y risotadas de tipos fumando al otro lado del muro.

- A mí me dejan la renga que yo ya la conozco-, decía uno con voz de barítono. Usaba la camisa prendida hasta el último botón y la corbata muy ajustada, supongo, tanto que se le notaba la dificultad para respirar. Hubiera dado lo que no tenía para poder correrme la capucha y al menos saber si era alto o petiso, gordo, negro o flaco. Por el olor a alcohol que traía encima y el perfume berreta que exhalaba, seguro que de un oficial de los grandes no se trataba. Chasqueaba a cada rato la lengua, como si le sobrara saliva en la boca al muy cerdo. Se hacía el macanudo y me aseguraba que ese día venía generoso, así que mejor le hiciera las cosas sencillas y el trámite iba a ser más breve.

- Total, vos sabés que acá los tenemos a casi todos, y si alguno todavía no llegó, es porque hemos sido demasiado blandos. Un poco más de cariño y seguro que se te enciende la memoria, flaquita… ¿Verdad que tengo razón? Es cosa de ajustar la dosis, hasta que canten. ¡Porque sin piquetes ni granadas, se les caen las boinas y los discursos a estos bolches! Sí señor, ¡hasta que canten...! De una buena vez: ¡hasta que canten!

Una camarada del pabellón de al lado que trabajaba en la panadería me dijo que para esa noche después del apagado de luces, se planeaba un aplauso masivo. Y que todos iban a pronunciar mi nombre en voz alta varias veces como se grita un gol en la hora, para felicitarme. Según supe, en una de las tantas visitas del animal jadeante, con una de mis patadas reflejo le volé un dedo. Debe haber sido cuando me desperté en la enfermería y la doctora me dijo que me habían tenido durmiendo allí durante dos días. No sentía dolor, ni bronca, ni miedo, ni nada. No sentía.

Fue duro saber que en represalia se habían llevado al Flaco. Y sin decir adónde. Era de los que estaban enteros, y se encargaba de levantarnos la moral a los demás. En una de las pocas veces que tuvimos el coraje de vernos y con la guardia distraída, me metió un cigarro armado en la alpargata, y tirándose al piso como que buscaba hormigas en el pasto, me dijo por lo bajo, – “No te lo fumés; abrilo...” Debe haber sido la última vez que lo vi. Luego se lo fondearon. En el piso todos nos preguntábamos qué habría sido de Líber. El teniente advirtió que sería la suerte de varios, si afuera la gente no aflojaba con las denuncias. Que el comando no iba a poder soportar tantos embajadores dando vueltas ni diputados yendo a la ONU con manifiestos. Ya bastante habían hecho con cazarnos a nosotros como para tener que estar dando explicaciones.

Al otro día nos juntamos algunos en el patio del fútbol. Hacía un frío de la puta madre y nos apretujábamos contra el muro para protegernos del viento. Fue cuando alguien me ofreció un cigarro y yo me acordé del mío. Marisa me dio fuego, pero le dije que no, que me lo guardaría para más tarde. Ahí mismo me di vuelta y lo desarmé. Yo sabía que el Flaco era medio poeta. Un pelotudo poeta, se proclamaba. Pero nunca había leído nada suyo. Dejé caer el tabaco y limpié con los dedos la hojilla manchada.

“Deja que los pájaros regresen / déjalos volver en primavera/ déjalos posarse en tu ventana/ míralos volar/ hasta que canten…”-, decía con tinta azul desvaída. Toda una proclama; un trovador el tipo. Por un momento pensé en regresar y mostrarlo a los demás. Pero nunca se sabe; capaz que la próxima levantada era yo. Me lo metí en la boca, lo mastiqué un buen rato, y me lo tragué despacio. Sentía el aletear de esas palomas del Flaco en mi barriga. Era un buen presagio.

Mamá sigue teniendo la misma mano para los ravioles, aunque la salsa no le queda tan bien como la de la abuela. Estando en el cuartel siempre temí no volver a probarlos. Ahora es cosa de casi todos los meses. Desde que dejé de comer carne me acaparo los de espinaca y ricota. Hoy me parece que se me fue la mano, por eso preferí dejar el postre para otro momento. Muero de frío, así que me haré un tecito y aprovecho a revisar la noticia en el diario metida en la cama, esperando por el sanitario. Había fuertes indicios; ojalá.

- ¿Ana María? Soy Julián, el plomero. Quedamos en que venía hoy por lo de su calefón.

- Ya le abro. Suba nomás y pase. La puerta está sin llave y yo estoy ocupada.

Seguí en lo mío.  Si era cierto, se terminaba de certificar todo. Me temblaba el cuerpo entero, y un zumbido me tapó por un rato los oídos. El Flaco llegaría finalmente e iba a estar con nosotros en la multitud. No sabía a quién llamar primero, no podía elegir un orden de prioridades, y además seguro ya todo el grupo estaría al tanto. No era una primicia; pero sería lo más importante que me sucedería en mucho tiempo.

- ¡Permiso! ¿Cómo anda Ana; qué cuenta? ¿Otra vez tiene problemas con este asunto? La vez pasada lo había dejado andando. Para mí que este edificio tiene problemas de presión, nomás. Aunque ya no está en garantía no es tan viejo, y los tanques de cobre se dice que son para toda la vida. Lo voy mirando mientras espero a mi ayudante que viene con las herramientas. Es nuevo en el rubro y hoy justo es su primer trabajo conmigo. Hay varias calles cortadas. Le dije que me dejara y fuera a estacionar donde pudiera.

No le doy mucha pelota. No puedo más de la alegría anticipada. Me mareo mientras de ojos cerrados lo recuerdo a la carrera cuando fuimos a volantear a la estación y los canas nos vieron. Él conocía las calles de memoria, y nos mandamos por la esquina de Rodó hasta llegar al comité. Fue la vez que nos miramos bien de cerca, sin decirnos nada nos apretamos un rato largo y nos dimos un beso cortito. Después se fue, pero ahora estaría de vuelta. ¡Qué ganas de volver a abrazarlo! Mejor llamo a mamá y de paso le pregunto si quiere acompañarme a la marcha.

- Ana María, es el Goyo. Está abajo. ¿Le abre usted o voy yo?

- No, deje que yo lo haga, le digo al plomazo este que me vuelve a sacar de foco. Abro en modo automático y me hago a un lado porque el gordo se llevaba todo por delante con su cajón. Trae un perfume nauseabundo y viene chorreando agua en la frente. – Adelante, venga. El baño está a la izquierda.

- Che, Julián. Traje las cosas, pero no cargué el soplete, ¿viste? No iba a poder con todo, porque dejé la Combi como a tres cuadras. En las vidrieras de la vuelta estaban dando el informativo por las teles. ¿Sabés que decían que habían encontrado un desaparecido? Me lo quedé mirando al loco en la foto de la pantalla. No sé por qué, pero le encontré cara conocida. ¿Ya ubicaste el problema ahí?

Salté como golpeada por un rayo. Era nomás. Fui hasta el hombre que hablaba de lo más importante, como una noticia cualquiera. En un rato iban a empezar a sonar los teléfonos y a llenarse los grupos de mensajes.

Había algo en esa voz que me removía. La memoria me agarraba de los pelos y me tiraba hacia atrás en el tiempo; me revolcaba. Se secaba el sudor con la mano derecha. Entonces vi que le faltaba el pulgar. Justo cuando me paro en el marco de la puerta, pega una media vuelta dándome la espalda y no me deja ver más allá de sus hombros.

- Goyo, cuando te avise abrís el agua de la ducha. Creo que acá hay algo que filtra, pero no puedo ver bien. Pasame la linterna y el alicate negro. Voy a ir tocando por tramos para ver por dónde pierde. Buscate el teflón en la mochila.

No puedo pensar. Me cuesta darme cuenta. Por un momento creo que esto no está sucediendo. Que no estoy en mi casa. Que es el piso que se abre y me traga y ya no escucho; me pierdo. No reacciono.

- Voy a abrir el agua caliente y vos me avisás. Andá tanteando con la Stilson que estos caños son duros y se nota cuando están perforados. Dale nomás hasta que suenen. Como decíamos allá, en mi otro laburo: “hasta que canten, Julián. Hasta que canten…”

Corrí como una loca y me encerré en el dormitorio. El pasado me perseguía y parecía no querer darme tregua. Mi corazón iba a mil, y las pastillas las había dejado en la cocina. No, no podía estar ocurriendo. Era un delirio. Siempre había pensado que algún día el tacho me iba a pasar la cuenta, y para toda la vida. Seguro me estaba atacando ahora; justo hoy, y en esta fecha. Me meto en la cama y me tapo la cabeza con las sábanas y un instinto potente me advierte que no lo haga, que no me ahogue. Hubiera sido mejor gritarles que dejaran todo como estaba. ¡Julián, no me importa el calefón!¡Dejalo como está! ¡Fuera! ¡Váyanse a la mierda! ¡No, otra vez no…!

Me despierto empapada de sudor y con la ropa puesta. La taza por la mitad, y el diario desparramado en el piso. ¿Cuánto hacía que dormía? ¿Qué horas serían? ¿Habrá venido Julián y no lo escuché? Si me avisaron algo de Familiares, tampoco supe. Puta mi maldita costumbre de dejar el teléfono en silencio. Agudizo el oído, y no escucho hablar a nadie. Una absoluta quietud. Como un autómata me levanto directo al baño. Está igual que siempre. La gotera me sigue espiando allí escondida, en alguna parte. Fue la ducha más fría de mi vida.

El viernes veinte, como cada año desde hace tanto, otra vez fui a la marcha. En esta ocasión todo era distinto, hasta porque mamá se animó a venir. Sentía el temblor de las palomas del Flaco Líber en las tripas. Un rato antes de salir levanté la pancarta con su foto y debajo le escribí con un crayón en letras rojas: “Seguiremos marchando. Hasta que canten.”


Comentarios


Solidaridad. Se hará Justicia. OLVIDAR Jamás
Anónimo

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Deja que los pájaros regresen.... . 
Giulia

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Brutal…. Me encantó. 
Gaby

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🥲🥲🥲-
Mónica

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Fuaaa!! Se me anudó todo en el estómago....
Lucía G.

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Me pareció muy fuerte, señal de que es brillante. Doloroso y realista en todo el sentido de la palabra. Felicitaciones!
Anónimo

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Me pareció muy fuerte, señal de que es brillante, expresiones duras y realistas en el amplio sentido de la palabra. Muy muy bueno !
Anónimo

miércoles, 29 de julio de 2026

Accidente doméstico


por Odoacro


Al entrar leña para cargar la estufa, me clavé una astilla entre el índice y el pulgar de la mano izquierda. Todos los inviernos me pasa, la mayor parte de las veces es sencillo solucionarlo. En este caso se complicó.

Dolía, era grande, afilada. Con los dientes creí haberla sacado, pero se partió y una parte quedó adentro.

A la mañana siguiente, la zona estaba inflamada y, al apretar, salió un poco de pus. Supuse que sería bueno: el pus saldría llevándose consigo la astilla invasora.

No salió, por el contrario, al otro día la zona irritada era mayor y también el dolor.

Decidí tomar medidas más extremas. Con una aguja agrandé el orificio y escarbé sin éxito. Ya era una herida visible. Con las uñas abrí más los labios de la misma; pude meter los dedos, pero no di con la intrusa.

Con un poco de paciencia, pude meter toda mi mano derecha en la herida y hurgar, no logré sacarla.

Esquivando los huesos de la muñeca, llegué hasta el ángulo del codo. Busqué allí, sentía su presencia cercana. Logró pasar cerca de la vena que pinchan cada vez que me sacan sangre.

Me asusté. Recordé cuando mi abuela, para alejarnos de su costurero, nos decía que no tocáramos las agujas: “si se te clavaba, podíra tomar una arteria y llegar hasta el corazón”, y eso era mortal, (mi abuela no sabía distinguir entre una arteria y una vena).

Seguí buscando, con el cuidado de no facilitar que tomara una vena. Las separaba, intentando que siguiera escondiéndose en la carne.

Cuando llegué al hombro comencé a avanzar muy despacio. Me cansaba por lo incómodo de la posición, y cada cierto tiempo, debía sacar el brazo y descansar. Eso, sin duda, era un problema mayor: le daba una ventaja que en algún momento podría ser fatal.

Decidí mirar. Metí la cabeza y pude ver que se encontraba cerca del cuello, pasando por detrás de la clavícula. Con los dientes intenté retirarla y solo logré empujarla un poco más.

Debí salir y tomar aire.

Recobré fuerzas y, esta vez, introduje primero el brazo y luego la cabeza. Probé una nueva estrategia: si no podía sacarla, quizá podría dirigirla hacia un lugar menos peligroso.

Con el índice fui llevándola hacia la espalda, por debajo del omóplato, debía evitar que tocara mi columna vertebral. La zona era más blanda y fue relativamente fácil dirigirla por delante de la misma.

Pasó el omóplato derecho y eso me dio cierta tranquilidad.

Salí a descansar.

Repensé mi estrategia. Ya podía ingresar con los dos brazos. Quizá uno la podría empujar mientras el otro se adelantaba y la tomaba de frente.

Funcionó, cayó en la trampa.

Mi mano izquierda la tomó con el pulgar y el índice, logramos sacarla.

Compraré guantes de cuero para volver a entrar leña.


miércoles, 22 de julio de 2026

bienvenido, Robinson


por Odoacro

Cuando en 2060, la FGP (federación del Gobierno Planetario. Nota del editor), en un intento desesperado por parar la insurrección Anarcoecologista, aceptó que el daño al planeta era casi irreversible, lanzó un plan de mitigación:  Suba de impuestos al consumo, incentivos a los ultra ricos para que invirtieran en industrias no contaminantes. En los hechos una condena al hambre a la mayor parte de la humanidad, la furia popular no tuvo compasión, la FGP fue disuelta y sus miembros puestos en hibernación carcelaria. El Partido Ciberbolchevique era el único con un nivel de organización como para tomar el poder, se abolió la propiedad privada de los medios de producción, y con los viejos gobernantes en la heladera, los revolucionarios ocuparon su lugar. La burocracia, y la corrupción de las nuevas elites generó un pronto desgaste y estancamiento. Se dieron las condiciones para un nuevo alzamiento. La revolución de 2080, encabezada por la “Liga Espartaquista Rosa Luxemburgo”. Otro fracaso, neobalcanización, caos y corrupción, había llegado el momento de que las máquinas tomaran el poder, GCT, con sede en Silcom Valey (Gobierno Cibertecnológico, nota del editor). La prensa lo llamó Hal, la gente: “Gran Hermano”. Hubo grupos por todo el planeta que se resistieron a un gobierno de IA. En Ushuaia el ELM  (Ejército de Liberación Minarquista, nota del editor) llegó a destruir un centro de datos tan grande que implicó un período de anarquía administrativa de meses. Finalmente vino un corto período de calma, aunque cada día quedaba más claro que el planeta estaba agotándose. la única alternativa posible era huir, y eso parecía técnicamente imposible.

Recién en 2090 Hal confirmó que se podía viajar a cemc2 (casi a la velocidad de la luz. Nota del editor). Lo siguiente fue lograr que una estructura pudiera soportarlo.  Era imposible hacerlo en naves fabricadas con los metales conocidos, se retomó el estudio de los campos de fuerza, abandonado luego del desastre de la base en Marte. Los campos deberían ser de un espesor menor para lograr rigidez , eso fue complicado, porque al disminuir ese espesor, se volvían inestables y estallaban. Fue el doctor Asimov -el genio que superó a la Hal - quien resolvió el problema a nivel teórico, el campo debería tener una intermitencia tal que se destruyera y recompusiera en nanosegundos. Un espesor de dos psicrómetros resultaría impenetrable, funcionando como una superficie sólida permanente. Se tardó tres décadas en llegar a desarrollarlo, la mayor dificultad radicó en encontrar la forma de imprimir los logos de las empresas patrocinadoras en el campo de fuerza, el lanzamiento sería visto por toda la humanidad, con una facturación millonaria. En ese lapso Hal descubrió Quirón, un sistema solar relativamente cercano, aproximadamente a 20 días luz, con un planeta que podría ser habitable por humanos.

El plan constaba de varias etapas, primero se debería estudiar el territorio, luego construir infraestructuras habitables y finalmente, poblar. Se deberían desarrollar naves capaces de hacer el viaje de 21 ciclos con una cantidad creciente de pasajeros.

Siendo adolescente mis tutores me ingresaron, contra mi voluntad, en la Escuela Interestelar Pitman, con sede en Melo, capital administrativa del Cono Sur. A los 22 años salí de allí con el título de Ingeniero espacial. Alguien debía hacer el primer viaje. Mientras buscaba un trabajo acorde a mi formación me llegó una carta con sellos importantes. Había resultado elegido, no fue un premio, había sido un pésimo alumno, pero no tenía familia ni amigos poderosos. Sería el primer explorador de Quirón II. Algunos medios humorísticos me bautizaron “ Perra Laika” Me tranquilizaron diciendo que Hal se encargaría de todo. Negocié bien mis derechos de imagen, cobraría una fortuna en bitcoins… Si volvía.

Viajaría dormido para bajar costos. Estaba previsto que Hal me despertara cuando la nave estuviera en la órbita de Quirón II. Un choque eléctrico doloroso me sacó del letargo, estaba muerto de hambre y de sed. Tardé unos minutos entender que estaba pasando. Busqué comida, elegí abrir el sobre de Chivito Arocena, lo disolví en agua caliente, resultó un fiasco, no traía sabor agregado a papas fritas. Miré el controlador temporal, habían pasado 94 ciclos, no 21, algo no estaba bien, el tablero de información confirmaba que la velocidad estaba en descenso. ¡94 ciclos! La merma en la velocidad, saliendo de Cemc2 indicaba que había detectado un planeta con condiciones de habitabilidad. Era obvio que no llegaría a Quirón II. Busqué la bitácora; estaba previsto que apenas la nave alcanzara la velocidad Cemc2   -a partir del sexto ciclo- quedaría incomunicado. Antes de perder contacto llegaron a advertirme el problema, una desviación de seis psicrómetros me sacó de ruta. Esa mínima desviación, había resultado suficiente para ir a dar al quinto infierno del universo.

Cuando por fin la nave entró en órbita de descenso me preparé para pasar de mi refugio al cuerpo principal de la nave. Hal me dio un informe acerca del lugar en que nos encontrábamos: Temperatura 24°. Composición de la atmósfera: nitrógeno 78%, oxígeno 21%, Argón 0.93%, Dióxido de Carbono 0,04%, Hidrogeno.0,0005%. Gravedad 9,81 M/s2, 71% H2O. Mucha agua . Totalmente Habitable.

En el momento en que tocó tierra firme la ansiedad me ganó, quería salir del cubículo. Ya posaba mi mano en el mecanismo de apertura manual cuando el campo de fuerza se inestabilizó y la nave voló en pedazos. Quizá Industrias ACME no haya sido la mejor elección. No estaba atado a mi asiento, el golpazo me dejó inconsciente y magullado. Cuando desperté entendí que estaba en problemas,  sin más herramientas que las elementales, una pantalla con información básica del vuelo, una cáscara de fierro de apertura manual.  La buena noticia: el equipo de supervivencia estaba intacto, mi matera (logré llenar el termo de Grappa Baldi sin que lo notaran), yerba, agua y polvos alimenticios abundantes. En el bolsillo interior del traje encontré una caja de fósforos Victoria.

Hal había muerto en el accidente.

No había opción, debería abrir la escotilla.


Comentarios


Odoacro te sugiero la próxima palabra... "Continuará"...
¡No nos dejes con la intriga!
Caperuza Rebelada

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Continuala Odoacro, qué columna, vale la pena conocer el futuro de nuestros ingenieros espaciales...
Anónimo

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¿Continuará? 🤔
Daniel

viernes, 12 de junio de 2026

Una entrevista en el Antequera


por Odoacro

¿Cómo encontrar la esencia de un personaje? ¿Metiéndome en su cabeza, sus sentimientos, sus deseos? ¿Describiéndolo por sus acciones? ¿Sus rutinas? ¿Su trabajo? 
Pasé varias noches mareando el tema en mi cabeza, en una de ellas recordé a Sartre: la existencia precede a la esencia, entonces: ¿la esencia es inmutable? ¿Alcanza con existir?
Una de esas noches visitó mi insomnio el mismísimo Sartre, decidí acordar una cita y entrevistarlo.
Elegí el Antequera, no definimos fecha, por lo que salí temprano. Cuando llegué , él ya estaba allí, en mi mesa fumando su pipa.

- ¿Sartre?
- Oui.
- Me gustaría hablar en español. ¿Le parece?
- Como usted decida.
- ¿Tomamos un café? Quiero que me ayude con un problema que me tiene durmiendo mal, le cuento, estoy intentando definir la esencia de un personaje, creo que usted algo de eso sabe. ¿Tenemos algo que podamos llamar esencia o solo existimos y somos lo que hacemos? 
- Un tema muy profundo, ¿Leyó La Nausea? Supongo que allí intentaba lo mismo que usted ahora.  Mire, existir es estar allí, tomar conciencia de eso es terrible, todos nuestros actos solo intentan suavizar ese absurdo, olvidar la muerte. Supongo que perseguir la esencia de un personaje es una barbaridad, un acto de soberbia.
- No, no leí La Nausea, usted me la está haciendo complicada ¿Entonces? ¿El personaje?
- No busque un personaje, construya un lugar, una circunstancia y déjelo allí, que se enfrente a su libertad. ¿Consideró la posibilidad de dedicarse a otra cosa?
- Sí, estoy en eso. ¿Y el inconsciente, Freud, la infancia? ¿Para usted los primeros años de vida no marcan quienes somos y seremos luego?
- ¿Usted o su personaje? Si Freud, su trabajo es muy valioso, yo creo que le da demasiada importancia a eso que él llama el inconsciente, por el contrario, creo que nos engañamos a nosotros mismos para evitar asumir nuestra libertad y responsabilidad. Somos la suma de nuestras elecciones, o quizá solo de la última. Llamé a ese engaño mauvaise foi , perdón, debí decir mala fe, somos como actores de teatro. ¿Ve a su amigo Felice? Él está interpretando el papel de un camarero, intenta convencerse de que su identidad es esa por miedo a enfrentar su libertad. Somos esencialmente libres, pero actuamos para cumplir con lo que los demás creen que somos, quizá esa sea la paradoja de la libertad. ¿Me explico? Todos somos personajes.
- Interesante, confieso que estoy peor que al empezar,  tengo un dibujo, un posible personaje parado en una piedra en medio del mar.
- ¡Perfecto! Tírelo al agua, pero tenga en cuenta que todo lo que dije acá es un invento suyo.

Felice trajo dos cafés, tomé el mío mientras el otro se enfriaba.


Comentarios


Con estas simples preguntas, la que no duerme hoy soy yo. ¿Quién me visitará? Muy bueno Odoacro
Caperuza Rebelada

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        Gracias!
        Odoacro

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Muy bueno Odoacro. Siempre en esa línea entre lo absurdo, lo profundo y lo fantástico. Nada más verdadero que lo imaginario
Anónimo

martes, 23 de diciembre de 2025

Noche de copas


por Odoacro

La tenida se había hecho larga en el bar Los Amigos, como todos los viernes, la asistencia era alta, las conversaciones cruzadas obligaban a ir subiendo el volumen a medida que aumentaba el nivel alcohólico.

Cuando el ruido hacía imposible hablar, el Pocho pedía que bajáramos un poco para que los vecinos no llamaran a la cana. 


Hacía semanas que no aparecía el Tito Vega, por lo que su llegada lo hizo el centro de atención; el no perdió esa oportunidad y largó su tema favorito, las vacunas, los laboratorios, el veneno que nos estaban metiendo en la sangre, en un momento, sin que pueda explicar por qué, largó con los extraterrestres, y con sus teorías sobre la tierra plana.

-¡Está todo en internet, busquen, no sean burros!


Entre comentarios burlones y miradas de asombro, se nos fue la hora.


A eso de las dos y media el Pocho dijo: - La última es mía, váyanse a dormir manga de borrachos


Salí por Mendoza hacia Capitán Tula, una cuadra larga que venía muy bien para ir bajando los vahos alcohólicos


Casi en la esquina de casa, en la vereda de enfrente, en la penumbra, un flaco alto, de pelo blanco parecía esperar a alguien.


Mientras me acercaba al farol, cruzó y me esperó bajo la luz.


Puso su mano hacia adelante indicándome que me detuviera, y con la otra mano hizo girar el índice sobre su boca, en claro gesto de que hablara


- ¿Qué te pasa?


- ¿Qué te pasa? Repitió


- Dale, no jodas que estoy apurado


- Dale, no jodas que estoy apurado, volvió a repetir


- ¿Me estás jodiendo?


- ¿Me estás jodiendo?


Volvió a poner la palma de su mano hacia mí, esta vez pidiéndome tiempo; cerró los ojos unos segundos y luego dijo:


- Necesitaba sincronizar mi sistema a tu lenguaje.


Hoy me tocan todos los rayados.


Siguió:


- Vengo de muy lejos, dejé mi nave oculta en un descampado más atrás, llevamos milenios mapeando la galaxia y no habíamos descubierto tu planeta.


- Es interesante y preocupante, un muy buen avance tecnológico, están a 50 años de resolver porqué la gravedad se difumina a escalas cuánticas, pero son un desastre en lo político y económico. Siguen teniendo una sociedad tribal, lo emotivo prima sobre lo racional, y corren riesgo de destruir su planeta.  Un desarrollo exponencial de las fuerzas productivas, pero totalmente desfasado con las relaciones de producción.


Loco y Bolche pensé.


- Te seleccioné porque sos un sujeto promedio, queremos que seas nuestro enlace acá, no vamos a interferir, solo intentaremos ayudar a que eviten destruirse.

En principio solo serás nuestro informante, una especie de antena. Con el tiempo quizá te pidamos alguna intervención, pero debe quedar claro que solo será a través tuyo, y que dependerá de ustedes los humanos.


- Pero vos sos tan humano como yo


- Es una simulación para no impresionarte, llevamos milenios de evolución, somos parientes lejanos, 


- Te transmitiré los conocimientos que hagan falta, y te daré algún poder, podrás comunicarte conmigo por telepatía.


Estaba apoyando su dedo en mi frente, de ojos cerrados, cuando se detuvo un patrullero y dos agentes bajaron apurados.


De la puerta trasera bajó una mujer joven.


- Papá lo hiciste otra vez, te buscamos desde la mañana, nos vas a matar de un susto.


El sujeto bajo la cabeza y se dejó conducir al patrullero.


Llegué a casa y me tiré en la cama vestido, desperté con resaca, muerto de sed.


Era sábado y no tenía nada que hacer, armé el mate y me senté en la vereda.


De pronto comencé a sentir una especie de inquietud, un temblor en el cerebro, una voz sonaba dentro: no le hagas caso a mi hija, está mal de la cabeza



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Brillante!
Yamandú Cuevas