In Invernum qualqum soreteae fiumo expelent

DEFINICIÓN


galanga (diccionario de la real Academia Española)

3. f. Bacín plano con borde entrante y mango hueco, para usar en la cama.

miércoles, 29 de julio de 2026

Accidente doméstico


por Odoacro


Al entrar leña para cargar la estufa, me clavé una astilla entre el índice y el pulgar de la mano izquierda. Todos los inviernos me pasa, la mayor parte de las veces es sencillo solucionarlo. En este caso se complicó.

Dolía, era grande, afilada. Con los dientes creí haberla sacado, pero se partió y una parte quedó adentro.

A la mañana siguiente, la zona estaba inflamada y, al apretar, salió un poco de pus. Supuse que sería bueno: el pus saldría llevándose consigo la astilla invasora.

No salió, por el contrario, al otro día la zona irritada era mayor y también el dolor.

Decidí tomar medidas más extremas. Con una aguja agrandé el orificio y escarbé sin éxito. Ya era una herida visible. Con las uñas abrí más los labios de la misma; pude meter los dedos, pero no di con la intrusa.

Con un poco de paciencia, pude meter toda mi mano derecha en la herida y hurgar, no logré sacarla.

Esquivando los huesos de la muñeca, llegué hasta el ángulo del codo. Busqué allí, sentía su presencia cercana. Logró pasar cerca de la vena que pinchan cada vez que me sacan sangre.

Me asusté. Recordé cuando mi abuela, para alejarnos de su costurero, nos decía que no tocáramos las agujas: “si se te clavaba, podíra tomar una arteria y llegar hasta el corazón”, y eso era mortal, (mi abuela no sabía distinguir entre una arteria y una vena).

Seguí buscando, con el cuidado de no facilitar que tomara una vena. Las separaba, intentando que siguiera escondiéndose en la carne.

Cuando llegué al hombro comencé a avanzar muy despacio. Me cansaba por lo incómodo de la posición, y cada cierto tiempo, debía sacar el brazo y descansar. Eso, sin duda, era un problema mayor: le daba una ventaja que en algún momento podría ser fatal.

Decidí mirar. Metí la cabeza y pude ver que se encontraba cerca del cuello, pasando por detrás de la clavícula. Con los dientes intenté retirarla y solo logré empujarla un poco más.

Debí salir y tomar aire.

Recobré fuerzas y, esta vez, introduje primero el brazo y luego la cabeza. Probé una nueva estrategia: si no podía sacarla, quizá podría dirigirla hacia un lugar menos peligroso.

Con el índice fui llevándola hacia la espalda, por debajo del omóplato, debía evitar que tocara mi columna vertebral. La zona era más blanda y fue relativamente fácil dirigirla por delante de la misma.

Pasó el omóplato derecho y eso me dio cierta tranquilidad.

Salí a descansar.

Repensé mi estrategia. Ya podía ingresar con los dos brazos. Quizá uno la podría empujar mientras el otro se adelantaba y la tomaba de frente.

Funcionó, cayó en la trampa.

Mi mano izquierda la tomó con el pulgar y el índice, logramos sacarla.

Compraré guantes de cuero para volver a entrar leña.


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