por Mínimo Gurméndez
Hace apenas una semana el pueblo brasilero había votado más al Bobonabo hijo que a Lula (56 millones de votos a 54 millones). Y casi todos nos miramos a los ojos con incredulidad manifiesta. ¿Pero qué les pasa a estos brasileros? ¿Votan al hijo del peor ex presidente, preso por tratar de dar un golpe de estado y por planear el asesinato del presidente y de altos magistrados? Pero no por ser el hijo de sino porque él mismo tiene toda la impronta de un energúmeno. ¿No vieron, acaso, que Lula, con el senado casi en contra, disminuyó la pobreza, aumentó los gastos en educación, etc? No podíamos creer que los brasileros votasen a quien les promete traer la política del Pato Donald Tramp a estas latitudes.
Pero levantemos la mirada. En Argentina votaron mayoritariamente a un desequilibrado como Javier Decenei. Imposible de ser escuchado con calma, imposible de entender en el razonamiento, imposible de tragar. Y sin embargo aún hay muchos argentinos que aseguran que está bien, que hay que seguir dándole tiempo.
Y en Chile votan a quien ostentosamente reivindica la figura de Pinochet y de su golpe de estado fascista.
Y en Perú a la hija de quien está en cana por excesos sangrientos en su gobierno (además de corrupción).
Pero volvamos al paisito: el alcalde de Isidoro Noblía, al culminar la primera parte de su pena (prisión pura y dura) y quedar otro montón de meses en libertad a prueba por un demostrado delito de estafa, fue recibido por varios seguidores con aplausos y vivas como que fuera el delantero de la selección uruguaya que metió más goles. Y al ex intendente de Artigas, condenado también por corrupción, le obsequian con un cargo de dirección departamental. Y al edil Pómez, que pone dentro de sus asesores a ñoquis a los que nunca les dio tarea pero sí sueldo de $52.000 mensuales, lo suspenden en su Partido por haber puesto ñoquis ... pero no porque el verdadero ingreso de esos ñoquis era el lavado de plata del narcotráfico.
En definitiva: ¿Qué nos está pasando? ¿Quién nos entiende?


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