por Yamandú Cuevas
Ese pozo es un misterio.
Uno nunca sabe cuántas cosas puede haber allí. Cada tanto hay episodios estrafalarios
en los que un martillo invisible o una pedrada anónima nos golpea fuertemente
en la cabeza y nos genera una conmoción que por algunos milisegundos nos atonta
y nos transporta a uno de sus recovecos más extraños del que extraemos,
rescatamos, salvamos, uno de esos recuerdos que a veces, como en el caso del
pescadito azul, es un juguete que, si no fuera por ese impacto, nunca
hubiéramos vuelto a recordar. Ojo, en el pozo no sólo hay juguetes, también hay
olores a torta de mandarina, sabores a buñuelitos de vinagre, imágenes de
primeras novias, caras de mejores amigos de la escuela, colores de chalecos de
lana preferidos y un sinfín de cosas imposibles de detallar. Principalmente
porque hoy de lo que quiero hablarles, es del pescadito azul.
Porque no era uno
cualquiera sino uno que volaba, era de goma y tenía un chifle ridículo que
sonaba cuando se lo apretaba con cierta violencia. Volaba de las manos de
Mirtha Julia a las mías y de las mías a las de Mirtha Julia una y otra vez, hace
unos veintidosmil días atrás, en la playa de las islas con aerocarril y del
cine auditorio con bancos de cemento que te marcaban las piedritas en la
espalda, cuando Mirtha Julia era joven y llevaba una bikini naranja con lunares
blancos y yo temblaba como una vara en la orilla.
Aquella playa de todo el
día con refuerzos de mortadela y cocoa en la canasta era famosa por sus olas
altas y bravas que podían engullir a niños desprevenidos y en un santiamén
hacer desaparecer barquitos, pelotas, baldecitos y lloradísimos pescaditos azules
con chifle ridículo incluido.
Ayer, en el encuentro en
el club Playa Verde, las antropólogas de la comarca se pusieron a hablar de la
memoria del mar y yo sentí uno de esos golpes de martillo invisible que te tiran
de cabeza al pozo y la inconfundible conmoción. Al salir me di cuenta que el
pescadito azul nunca se perdió, que está en mi memoria desde el principio de
los tiempos trayéndome el olor de los mejillones de la orilla, el de las algas
verdes, el de la bolsa del kilo de bizcochos, las diferentes texturas de la
bikini naranja con lunares blancos de Mirtha Julia, el brillo de su pelo negro mojado
por el mar, la redondez de las gotitas de agua sobre su hombro confundiéndose
con mis lágrimas de desconsuelo por aquella primera pérdida con forma de pescadito
azul.
Escrito por Yamandú Cuevas en el taller “Memorias del mar”, Club Playa Verde, jueves 22 de octubre de 2026. Organizado por Antropólogas de la Comarca y la Comisión del Club Playa Verde.

Pah! Yama!! Impeca el cuento!!! Me hiciste participar de lo que contabas con mis propias memorias! Imponente!
ResponderEliminarDB