William Brown se quedó a la distancia, contemplando la escena desde los
árboles de la entrada.
El acceso estaba permitido únicamente a los familiares cercanos y en un número de no más de
diez personas.
El gris del cielo encapotado le daba un
marco aún más triste
al acontecimiento, armonizando con los colores difuminados de los paraguas de
los hombres.
Las mujeres, con rosarios en sus manos,
dejaban las flores en el piso y se estremecían en llantos ahogados debajo de sus mascarillas.
Los operarios, de guantes y riguroso
mameluco entero, bajaron con cuerdas el féretro envuelto
en bolsas de color amarillo, con una maniobra ágil y desprendida.
Uno de ellos aguardó unos minutos de respetuosa espera, bajó la máscara facial
y comenzó a cubrir a paladas la tumba con
tierra húmeda y oscura, que devolvería a Marion West al lugar de donde provenimos, como decía el capellán en
su responso de tono casi confesional.
Con ella se iba sepultada una parte de
su historia nunca revelada, pensó, mientras se devolvía por la vereda de piedra del cementerio
inmenso, húmedo y espectral, en el atardecer de
panteones señoriales y lápidas de mármoles lustrados.
En el largo camino de regreso y apurando
el paso para no ser sorprendido por el toque de queda, hizo memoria intentando
recordar cuándo habían estado
juntos por última vez en estos años.
Se dio cuenta
que no lo tenía tan claro.
O no, al menos, como sí recordaba cuando se habían conocido.
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De esa clase de relaciones, había tenido más de
una, luego de la separación y divorcio de su segunda esposa.
Había decidido retomar esa novela
que hacía tiempo deseaba terminar y que
tantas veces había abandonado.
Resolvió que ir al sur le traería la tranquilidad necesaria, y a la mañana
siguiente tomó el tren con un bolso de mano y una
carpeta con su manuscrito y una resma de hojas nuevas.
Sin conocer el lugar y tras hacer
algunas consultas en la estación, pagó por adelantado una semana de estadía en un hostalito de aspecto tranquilo, desde
donde se divisaba la costa y los barcos cruzando el estrecho bajo un viento de
huracanes; el Weber Lodge.
Una habitación con
baño propio y tres comidas al día,
era todo lo que necesitaba para seguir escribiendo y repensar sus próximos pasos.
La dueña era una rubia muy cordial,
quien además servía la comida en el comedor de huéspedes, hacía las
habitaciones y hasta le propuso lavarle la ropa por algún dinero más.
Marion y su marido, el chef del
establecimiento, dirigían la posada que habían heredado de sus suegros, unos alemanes recios - le contaba - , que murieron de pena porque su único hijo no les había dado
nietos.
Las frías noches
sureñas se sobrellevaban con unos suculentos caldillos de pescado y vino tinto
entibiado en copas de patas largas que los pasajeros depositaban sobre
herraduras al borde de la estufa.
Alguna vez se quedó hasta más tarde
mientras un viejo mustio y octogenario le sacaba notas de tango y melodías a un bandoneón de
teclas engrasadas.
Una semana se hizo muy poco, por lo que
le propuso a sus anfitriones quedarse otros días,
mientras esperaba noticias de su editor a quien le había enviado un mensaje, pero sin dar pistas sobre su
paradero.
En las jornadas siguientes, y ya más familiarizado con el lugar y el poblado, hacía largas caminatas por la costanera, esquivando charcos
de una pertinaz lluvia cotidiana que los lugareños ignoraban olímpicamente, abrigados con camperones impermeables y gruesos gorros
de lana.
Arrimando su chaquetón a la cocina a leña, una tarde de humo y olor a
frituras, luego del chocolate hervido y la torta de frutos rojos de
merienda, Marion le sugirió que
subiera a su habitación, y con un guiño provocador le propuso
que ella misma le llevaría su abrigo una vez que se hubiera
secado.
Y no fue la única vez que la dueña de casa lo visitara en su
cuarto luego de esa oportunidad.
Varias noches subió furtivamente a su habitación, en el silencio oscuro que sólo quebraban el viento ululante en las ventanas, o los
ronquidos del casero desde el último dormitorio
en la planta baja.
No le era sencillo bajar al salón al día siguiente
y tener que evitar la mirada interrogatoria de su amante y locataria,
mientras desayunaba y de reojo contemplaba al resto de los comensales, buscando
en ellos señas que delataran su aventura.
Reconocía no haber dado lugar a sospechas,
hasta que posaba su mirada en los ojos inmensos de ella, que mientras secaba
las copas, lo invitaban a guardar el silencio de complicidad recíproca.
Días después se despidió formalmente del matrimonio, pagando sus cuentas
y sin dejarle a Marion dirección ni teléfono donde ubicarlo.
Fue la primera, pero no la única vez.
En un país tan largo pero angosto, seguro la gente pueda
tener la oportunidad de volver a encontrarse, aún sin proponérselo, incluso en lugares diferentes.
Algo así como
dos años más tarde, el diario lo envió a hacer la cobertura de la inauguración de un teatro regional, fruto del esfuerzo de la
intelectualidad local y el apoyo de acaudalados empresarios pesqueros que
derramaban en un gesto de inefable pedantería,
su diezmo de caridad para el beneplácito de sus descendencias y agradecidas autoridades
de turno.
Marion y su marido estaban allí, en el luminoso recibimiento, agolpados en la
muchedumbre, curiosos por participar en tal acontecimiento.
Seguro no fue casual que lo hubiera
alcanzado en la ropería, mientras su marido compraba programas
y pastillones de menta con chocolate, tan distinguido y diferente a la imagen
que conservaba de verlo en mangas de camisa y delantal, en la atmósfera ácida y calurosa de su
cocina.
Acordaron verse al día siguiente, luego del desfile popular, en la
puerta del propio sitio.
Otra era la escena, otras las
circunstancias, sin pretextos de bandejas que retirar o ropa recién planchada, esta vez se dieron cita furtivamente un par
de noches en un motel de mala muerte, a unas cuadras de la plaza central, lúgubre y siempre atestada de bandurrias chillonas
encaramadas en lo alto de las araucarias gigantes.
Era su ciudad natal, allí vivían todavía su madre y dos hermanas, por lo que la discreción necesaria apenas les permitió despedirse hasta quién sabe cuándo.
Luego de eso, nunca más supo uno del otro.
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Caminaba por la playa aquella mañana de febrero,
absorto en su pensamiento, buscando un final para el artículo que debía remitir
la semana siguiente, ante la insistencia amenazante del editor.
Siempre le reprochaba no ser tan moroso
para querer cobrar, como lo hacía con las entregas.
Su amistad de años le ahorraba dar
explicaciones y esgrimir pretextos que bien podrían ser motivo de una novela
completa.
Se detuvo en un carrito, pidió un jugo
fresco y sentado en las rocas, la vio pasar trotando despacio, suspendida
en ese reflejo que forman la arena contra el agua, donde las gaviotas marcan
sus caravanas de tres patas para perderse en las olas.
Ella se detuvo un momento, tomando aire
y extendiendo los brazos en círculos, mientras él la saludó de manera
circunspecta con su mano derecha a media altura.
“¿De dónde nos conocemos?” - , fue la
iniciativa, esta vez femenina, para que él se levantara y hundiendo los zapatos
en la blandura amarilla, fuera a presentarse un tanto sorprendido por la
frescura juvenil de la paseante.
Creyó reconocer en su rostro una belleza
familiar.
Ángela era estudiante de letras y cuando
sus horarios se lo permitían, bajaba a correr para tonificarse y evadir su
cabeza de clases, pruebas y un novio más posesivo de lo que ella hubiera deseado.
A los 19 años, soñaba con convertirse en
escritora y ser reconocida y premiada como los personajes de las novelas de
Henry James o David Lodge.
Coincidieron algunas otras mañanas, y ya
habiendo sabido algo de aquel maduro escritor y corresponsal de diarios de 53
años, aceptó no sin vergüenza inicial, su invitación para cenar una noche en un
restaurant sobre las rocas, con frutos del mar y vino blanco frío.
Sus padres vivían lejos de allí, y como
sus suegros tenían un negocio inmobiliario en el balneario, no le resultó difícil
convencer a su familia de quedarse a pasar las vacaciones de verano, de modo
que los encuentros con su “profesor”, se hicieron frecuentes, prolongados, y
cada vez más intensos.
Así, como profesor , fue presentado en
la casa de su pareja, con quienes hizo cordiales relaciones habida cuenta de la
contemporaneidad con los papás del muchacho .
En el mes de julio, y en medio del
receso invernal, recibió un llamado de Ángela que sin muchos remilgos le hacía
saber, desde su casa paterna, que había confirmado que estaba embarazada.
Como no tenía dudas sobre la paternidad,
ya había enterado a su pareja y a sus padres, y le tranquilizaba haciéndole
saber que esto en modo alguno habría de interferir en su relación clandestina,
la que siguieron cultivando a la vuelta, una vez reiniciado el período de
clases.
Aunque ya no con tanta frecuencia, siguió
yendo a la casa de los Stevens, y acompañaba a Ángela en sus paseos por la playa,
hasta que nació su bebé.
En homenaje a una bisabuela, llevó por
nombre Pascale, una niña regordeta que sus abuelos paternos recibieron como una
bendición, y los maternos prometieron venir a conocer en cuanto se fijara una
fecha para el bautismo.
El acontecimiento no se hizo esperar y
un domingo de marzo todavía caluroso, toda la parentela hizo gala de sus
tradiciones y concurrió a celebrar a la recién nacida.
El profesor de Ángela, era parte natural
del convite, y en condición de tal fue dado a conocer al resto de la familia.
Todo iba de maravilla, entre tanta
comida, salmos, agua bendita y estampitas de bautizo, hasta que una muy
emocionada Ángela lo tomó del brazo y haciéndolo girar sobre sí mismo lo puso
de frente a una señora rubia, madura y elegante que al verlo no pudo disimular
un gesto de pavoroso asombro - como el que seguramente debe haber ensayado èl -
, diciéndole “Ella es Marion, mi mamá…” “Mami, mi profesor William Brown..”, y
los abandonó en su perpleja cercanía, mientras otros invitados la invitaban a
abrir paquetes de regalos.
Casi que por una cuestión de localía fue
ella quién rompió el silencio, y con tono interrogativo quiso saber qué hacía él
en ese lugar, y mira lo que son las cosas, venir a encontrarte de esta manera y
luego de tantos años…
Sin abandonar su estado de asombro, él atinó
a darle la obvia felicitación por su abuelazgo, y calculando cuánto tiempo más podría
permanecer allí sin traicionarse y hasta advirtiendo que su marido cocinero
pudiera estar en la reunión y esto le generara una incomodidad aún mayor.
“Willie, de mi marido ni te preocupes.
Está al fondo, ¿lo ves?, brindando con sus consuegros. En el viaje me decía que
desde el tiempo de mis embarazos, no se sentía tan feliz. Y de eso han pasado
ya más de veinte años.
Por otra parte, en cuanto a lo nuestro,
no te incomodes: está al tanto de todo. Siempre lo supo.
Por eso es que debo contarte algo que de
no encontrarte aquí, nunca lo hubieras sabido: él es estéril, jamás podríamos
haber concebido, así lo quisieran mis suegros.
Ahora mira, al costado de la piscina, si,
allí, el muchacho alto con el saco azul y de camisa roja. Ese es mi hijo
mayor, se llama Herman, tiene 22 años. ¿No te parece un aire conocido? Pues es
tu hijo, fue engendrado cuando estuviste en Puerto Esperanza.
Sintió que le temblaban las piernas, y
la sangre se le agolpaba en la cabeza y le nublaba los ojos.
Todavía no repuesto, la escucha tomar
aire y con aire trascendente luego de una pausa, continúa para completar su confesión:”
Y Angela, tu alumna, mi hermosa niña, es producto de nuestro segundo encuentro
en Santa Elena. No fue casualidad que fuéramos allí, sabíamos que estarías en
ese teatro, y con mi marido convenimos que ya era hora de otro hijo. Mi querido
Willie, gracias a ti, tenemos esta gran familia, y por esa razón, ahora a
Pascale, a quien con todo derecho podrás querer como a una nieta…….”
Nunca supo cómo se fue de allí esa tarde,
ni en qué condiciones llegó a su casa.
Estuvo varios días en la cama, bebiendo
sin parar, sin comer, presa de los fantasmas de sus aventuras y las
revelaciones de Marion en el banquete, y haciendo una genealogía mental que lo
llevaba fatalmente a que su alumna, aquella traviesa corredora de la arena, su
amante joven desde el verano anterior, resultaba ser su hija.
Se consideró un auténtico monstruo
involuntario, demente, presa de su donjuanismo y de no atender a las
diferencias generacionales que le hubieran merecido la condena de su ambiente
literario, de sus hijos, los legítimos, todos mayores de treinta años, de
su editor, de sus esposas.
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En junio recibió un mensaje de Ángela,
quien entre increparle su desaparición y querer saber de su vida, quería
enterarlo que su mamá estaba enferma, internada en cuidados intermedios del
hospital local. Que ella, su hija y su papá estaban en cuarentena
obligatoria por ser consideradas contactos estrechos, y que eso no era
todo: ante la insistencia de la señora Stevens, se le había practicado una
prueba cromosómica a su hijo por la paternidad de Pascale, resultando
absolutamente improbable que éste fuera el papá de la niña .
Fue al cementerio, y buscando pasar inadvertido,
para despedirse simbólicamente de Marion West.
Para hacerle saber que la pandemia le había
impedido conocer la otra parte de la historia.
La verdad completa.
Comentarios
Imperdible! Cómo siempre!
gabymachín
Buenísimo!!!!!!
Daniel