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Tano
Caperuza Rebelada
En el habitual espacio cultural de la Galanga y aprovechando la fecha, hablemos hoy del calendario romano.
Los romanos dividían el mes en semanas de entre 4 y 9 días: la segunda y cuarta semana del mes eran de 8 días, la tercera de 9 días (salvo en febrero que eran 8 y en el intercalar que eran 7) y la primera semana era de 6 días en los meses de 31 y de 4 en los demás. El anuncio de la duración de la primera semana se llamaba anuncio de las calendas a las semanas de nueve días el noveno día se llamaba nonae o nonas (no la nonna) y al primer día de la tercera semana se le llamaba idus (o idas le decimos nosotros).
Hoy son las idas de Marzo, donde no le fue muy bien a uno de los de las calles del barrio original de los GurMendez: Julio César (no Castro, ése es el de los Guapos). Y otro de esas calles, un tal Marco Bruto se lo clavó (el puñal) junto con una barra por un alboroto en el Senado por un asunto de polleras, creo.
Y salen un par de memes, por las idas.
por Tano de la Mondiola

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por Trancazo
Por este único medio informamos que se ha suspendido la reunión convocada para
la firma del acta de fundación y la proclamación del Partido Masculinista
Auténtico (PA.M.A.) que íbamos a realizar en lo de Cacho, este próximo viernes.
La madre de Cacho dijo que de ninguna manera le íbamos
a usar el living porque recién lo había encerado y que nosotros nunca usamos
los patines y entonces le queda todo marcado.
Estamos viendo si podemos hacer algo entre clases en el
salón de la cooperativa donde hacemos Zumba y Pilates, los miércoles.
De ningún modo estos inconvenientes hacen flaquear
nuestro propósito proselitista de difusión de aquellos principios que entendemos
fundamentales y que le dan razón de ser a nuestra militancia permanente. (Ver Primeros
Principios, documento en construcción).
No pretendemos ganarles a los feminismos, a las disidencias
ni a las indiferencias; nos conformamos con un empate.
Jajaja, estoy equivocada o ya hubo un partido masculinista ? Porfa respondanme genios !!
Silvia Ferrín
Efectivamente. El Partido de la Liberación Masculina, de Omar Freire, lista 69. Nada más bizarro.
N. del E. MGM
por Tano de la Mondiola
por Tano de la Mondiola
Ah!, bueno; eso ya no es problema mío, me increpó, hablándome al retrovisor.
Usted me dijo, por favor lo mas rápido posible al hospital, y aquí lo traje.
¿Cómo puedo yo creer que no me va estafar? ¿De qué me vale quedarme con su número?
¿Cómo voy a saber que usted sea médico, como me dice…? Se rascaba la cabeza con decepción, y ya ni siquiera me escuchaba.
Fueron menos de diez minutos de vuelo terrestre por vías exclusivas, semáforos en rojo y casi el doble de velocidad de circulación permitida en ciudad.
Su pie derecho parecía conectado a mi apuro, y el perro amarillo de cabeza balbuceante ocupaba todo mi campo visual sin dejarme ver cuánto avanzábamos.
En la esquina de Agustinas, todavía procesaba la voz de la partera al teléfono “Véngase ya, que está en completa y con deseos de pujar; pero ya…”, cuando en un solo gesto abrí la puerta y me dejé caer pidiéndole “Por favor, urgente al Clínicas. Voy a un parto…”
Revisando mentalmente los instantes previos, y los pasos que habría de dar una vez en el cuarto piso, pasar por el vestuario y aparecer triunfal y dispuesto en la sala de parto, mi mano derecha me trae a la realidad que me resisto a aceptar, mientras mi superhéroe al volante esquiva el tráfico furioso de un jueves de mayo a esa hora.
La eterna discusión interna con gusto a reproche, la mala y casi despreciativa relación con el dinero, la plata, la guita, esa aspirina que llena la calle de quienes la persiguen apurados, mas apurados que yo que quiero que el reloj se eternice para mí, para el que es inminente que llegue, para su madre, para mi micromundo, a las 12:40.
Uno de mis hemisferios, el correcto me indicaba “Decile: perdone, no tengo efectivo conmigo, pero por favor siga y llegue y luego arreglamos..”
Mi lado desesperado me sopló : “Ni se te ocurra. Te hace bajar aquí mismo y tenés un bebé que te espera. Llegás y allá le decís la justa…”
La imprevisión monetaria una vez mas me ponía a prueba, y mi único objetivo era llegar.
Proponerle pagar mi viaje con crédito , o débito, sólo hizo que el pobre chofer mas se enfureciera.
Darle mi tarjeta personal le debe haber parecido una muestra de absurda inocencia.
Animal del mundo material, rápidamente me sugiere una transferencia electrónica vía teléfono, aventura tecnológica para la cual no he venido a este mundo, y ni con manipulación genética seguro alguien pueda injertarme el chip de los códigos y superclaves en mi corteza que en ese momento sólo pensaba en el Apgar y la muestra de sangre para el cordón.
Con la palabra empeñada, y luego de cumplir con el rito mas humano, tercero mediante y varias llamadas de aclaración necesarias, este desprevenido taxista, aún estupefacto me responde confirmando haber recibido su pago “Gracias doctor, y mil disculpas; creí que una vez mas alguien me hacía el cuento de la cigüeña pobre….”
Pobre Doc! Al final que fue, nene o nena?
Carmiña
Fue nena , Agustina. Es tan real que no le agregué una gota de ficción. La gente de Chile sabe qué es la clínica Indisa y dónde queda. También saben lo que es el tráfico en Santiago un viernes al mediodía. Mayo del 2019 . Cómo olvidarme
El Flaco
La vida misma Jorgito. Tu vida misma.
Marta Bentancor, Montevideo.
por Tano de la Mondiola

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por Tano de la Mondiola

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En realidad, ya no tenía muchos pretextos que esgrimir para seguir yendo. Pero cada semana inventaba uno nuevo, que era mejor y distinto al de la anterior. Había recorrido prácticamente toda la plantilla de profesionales en consulta. Y todos me decían que estaba muy bien; que volviera en un año. La psicóloga me ofreció vernos on line para que no siguiera llegando tarde y le atrasara el resto de la jornada. Sin embargo, era todo lo contrario. Aunque tomaba sistemáticamente la última hora disponible, llegaba muy temprano. Mucho antes de mi turno. Incluso llegué a ofrecerle mi lugar a otros pacientes, argumentando que no tenía apuro ni ningún compromiso posterior que me urgiera. Los conserjes del edificio seguro que ya me consideraban un integrante más de la clínica, puesto que me veían a menudo. Al trepar los escalones - y el buen día, o buenas tardes, según el caso - , les impedía de modo educado que corrieran a abrirme la puerta del ascensor. Conocía de sobra el camino al quinto piso. Allí me quedaba, largos ratos, para ir acortando las distancias. Aunque más no fuera mentalmente.
Una de las veces que su mirada y la mía se cruzaron, alcanzó para que su tono imperativo me hiciera entender que debía comportarme como cualquier otro paciente. Seguro que ya tenía mi historial más que aprendido, de tan recurrente que era mi presencia allí, en ese sitio. Apostaba que hasta podría deletrear de memoria los dígitos de mi documento de identidad. Y por qué no reconocer mi huella del dedo índice repetido y conocido para ese lector azul y parpadeante. Hubiera sido un impensado halago para mi interés tan escondido.
Tomaba posición en mi sitio favorito, allí en el rincón a algunos metros de su teatro de pantallas, teléfonos, transferencias y vueltos de efectivo. Con el tiempo había decidido que era el punto de mejor campo visual, desde donde podía contemplar todos sus movimientos, sin que lo advirtiera. Y no me sintiera obligado a dar explicación alguna, o inventar una excusa que delatara mi vocación de voyeur fascinado en mi trinchera. Sentía que alarmas de inocencia y máxima torpeza estaban a punto de dejar en evidencia mi sórdida conducta de admirador anónimo.
De los momentos más emotivos de mi safari de curiosidad creciente, el favorito era verla salir de su posición y perderse de mi área de registro, para volver al instante con papeles en la mano o cargando carpetas, llamar en voz alta a una persona, en otros casos levantar el teléfono para una charla siempre breve y expedita.
Esa cadencia que había empezado a dibujar en mi cabeza entre sus lentes de marco grande, su pelo recogido en una trenza insinuante y su forma de andar, me distraía al punto de perder la noción de tiempo y de lugar en el espacio. Me transportaba de la forma más secreta, detrás del misterio de la atracción de esa grácil figura deliciosa que mi imaginación iba construyendo cada día.
Tiempo después también puse reparo en su forma de hablar, el tono medio y dulzón de sus palabras, dibujadas para mi antojo como un puente invisible entre ambos.
Había una corriente eléctrica disparada que mi vergüenza pugnaba por no demostrar, cuando en ese momento me ponía de pie mientras me dirigía a la sala correspondiente y yo seguía mecánicamente cada uno de sus movimientos buscando la señal, el escalón para poder entrar a ese dominio suyo. Tan hermético, al tiempo que tan femenino.
Pero mi paciencia de francotirador ensimismado tuvo al fin su premio, cuando una tarde y ya cerrando el piso siendo yo el último usuario del día, me tendiera su mano blanca y tibia, insegura, pero en señal de cordial despedida. Fantaseaba con que podría leer su mente y descifrar el pensamiento que le golpeara en ese momento. Jugaba todos mis créditos a no adivinar nunca la certeza de “no vuelva más por aquí”, y por todo lo contario aspiraba a descubrir aunque más no fuera un “es usted un tipo interesante, aunque aburre verlo todos los días por estos lados…”.
Fue allí que mi radar de sensaciones siempre activo, tuvo a bien registrar un dato que hasta ahora desconocía. El tatuaje en el dorso de la diestra llenó mi pensamiento durante todo el camino de regreso. Ese arabesco mínimo y colorido flotando delante de mis ojos me llevó por caminos imaginarios pero casi ciertos de querer descubrir otras señales.
Como un autómata supe cumplir con todos los rituales vespertinos, antes de proseguir en la ardiente evocación de mi adorada, hasta que finalmente el sueño me venciera quién sabe ya a qué horas.
Una violenta revelación sacudió mi cama en la madrugada, mientras me sentaba al borde tratando de dibujar la frontera entre lo real y lo imposible, tratando de apaciguar mi mente que ardía en películas de imágenes en movimiento. La pesadilla homérica tan palpable me erigía en samurai enfrentado a un ejército de tatuajes encarnizados, que danzaban por mi cuarto colgados del techo, las cortinas, las fotos y enmarcaban los vidrios por donde apareciera la imagen de su cara difuminada, sus labios plegados y sinuosos, su pelo azabache suelto sobre un pecho de mascarón latiente.
Con su mano izquierda en alto detuvo el ataque furibundo de las figuras, que cayeron encantadas a sus pies flacos y alegres. Uno a uno fue recogiendo los trofeos de su hechizo, y pegando sobre su piel de vapor desnudo sobre su hombro derecho, en las costillas, y un último a nivel de su cadera, para que mi mirada se impactara allí, y allí quisiera quedarse para siempre, sin tener que agendarme para una atención innecesaria.
Muy poético ; gracias flaco.
Mercedes
Flaco : estas fumando de la buena ehhhh
Anónimo
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