por Odoacro
García miraba el crepúsculo sentado sobre el saco de su único traje presentable. La playa, su playa, estaba invadida por turistas que fingían ser felices, o quizá creían que eso era la felicidad.
Había dado libre albedrío a sus pies que lo llevaron hasta allí mientras su cabeza buscaba ordenar el caos que la nublaba. En las escasas dos cuadras que iban desde la casa de sus padres a la playa había repasado su vida. Sabía que no solo su padre, sino -con diferentes énfasis-, todos los que lo conocían, lo consideraban un cínico amargo que odiaba la vida, un suicida perezoso. Él buscaba vida donde otros ven sordidez, mugre. Añoraba los prostíbulos del bajo, las hediondas camas calientes, los mostradores sucios que sostenían los codos de queridos borrachos.
Sentado en su saco, devolvía fastidiado las miradas que desde cuerpos semidesnudos se asombraban al ver una figura de camisa y corbata. Esa playa que había sido suya en la infancia, ahora era hollada por un montón de pies invasores.
El cielo arrebolado pintaba de morado las sombras estiradas. El mar llegaba con parsimonia a la orilla, la acariciaba y se retiraba como disculpándose por su osadía. Céfiro ponía lo suyo: su caricia cálida era otra trampa en la escenografía del infierno. Distraído, llenó su mano de arena y la miró escurrirse entre los dedos. Recordó el reloj de arena sobre la chimenea en la casa de veraneo. Desde niño nadie se había animado a darle vuelta. Su padre había prohibido tocarlo; odiaba ver caer el tiempo. Ahora que él ya no estaba, entendía ese sentimiento. Dar vuelta el reloj es el engaño más absurdo que podemos hacernos.
Lamentó haber bajado a la playa; lamentó haberse sentado a esperar… nada, recordando cada uno de los pasos sobre el sendero de pedregullo del cementerio.
Lo mordían las palabras que ya no podría decir y las que había dicho.
García detestaba los ocasos, en particular ese ocaso. Detestaba esa metáfora de la muerte. Lo enfurecía la farsa: volvería a salir el sol; Sísifo daría vuelta el reloj de arena, engañando a Tánatos.
El sol cayó al agua finalmente y una salva de aplausos lo tomó por sorpresa.
Los bañistas aplaudían eufóricos, cruzando sonrisas. Los miró asombrado y subió la apuesta:
Se volvió hacia la masa de felices idiotas y gritó haciendo palmas: ¡Otra, otra! ¡Una más y no jodemos más!
Levantó su saco, lo sacudió y se marchó sin esperar.
Comentarios
Excelente Odo! Excelente.
Yamandú Cuevas
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Muy bueno.
Ana María Etchessarry

Excelente Odo! Excelente.
ResponderEliminarMuy bueno.
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